martes, noviembre 27, 2007

Sobre cómo los usuarios prefieren un sólo programa para todo

La inmensa población de usuarios de herramientas Microsoft Office se divide en tres tribus o clanes:

- Los Wordios: sólo utilizan el procesador de textos, incrustan fotos de tochocientos megas y luego la reducen de tamaño en el propio documento y, si tienen que hacer una tabla o un gráfico, la hacen con el procesador de textos.

- Los Powerpoiters: los miembros de esta tribu son incapaces de escribir un texto que no vaya organizado en "bullets". Cuando les pides que te envíen información sobre un tema, te envían su última presentación de PowerPoint sin dar la más mínima pista ni explicación sobre lo que significan los curiosos gráficos.

- Los Excelsiors: normalmente provienen de las poblaciones de financieros y gestores. Están tan enamorados de Excel que lo utilizan incluso para escribir textos. Yo he recibido (lo juro) correos electrónicos de gente en los que no escribían nada, sino que enviaban un documento de Excel como atachment y dentro de ese documento estaba escrito el contenido del correo y donde estaban incrustadas las fotos de los niños.

¿Será que a la gente le gusta utilizar sólo un programa? ¿Es necesario, pues crear una aplicación que las gobierne a todas? y aprovechando para hacer un poco de propaganda de IBM... ¿es Lotus Symphony la respuesta?

miércoles, noviembre 21, 2007

¡Serán las 12:00 cuando usted lo ordene, mi capitán!

Al hilo de la noticia publicada por El Mundo sobre cómo cambian los contenidos de los libros de texto en función de los intereses políticos de la comunidad autónoma de turno, Javier Capitán nos regala un brillante texto: "El negocio de la ignorancia".

Podría destacar varios pasajes del artículo, pero me quedo con éste:
... el problema no es sólo la escandalosa rebaja de contenidos, esa especie de teoría educativa en la que se aprende a base de titulares. A eso se une la visión reduccionista del mundo y de la historia, según la cual yo soy yo y mi comunidad autónoma. Este catetismo revestido con una pátina de amor a la identidad hace que todavía sea más preocupante lo que sucede en nuestra educación. No se trata sólo de que el Manzanares parezca más río que el Ebro, sino que el Ebro nace espontáneamente en cada comunidad autónoma por la que pasa, como si no hubiera un antes o un después. Así, en un clima de ignorancia provocada por los idiotas de sus mayores, los pobres chavales se encaminan a un mundo de especialistas de poco e ignorantes de mucho.
Pues eso, que el Ebro nace donde diga el gerifalte de turno, la constitución existe sí o no dependiendo de donde hayas nacido o, como decían en una antigua película de batallas en la que a unos traidores condenaban a ser fusilados a las 12:00: "¡Serán las 12:00 cuando usted lo ordene, mi capitán!".

La verdad no importa, sólo lo que el que esté al mando diga que es verdad es lo que importa. Y lo triste es que tengo el convencimiento íntimo de que a la mayor parte de los ciudadanos de todas las comunidades autónomas (de todas) toda esa diferenciación de identidades se la trae soberanamente al pairo.

Ante estos tristes acontecimientos propongo que demos el paso definitivo y reduzcamos todo nuestro aparato administrativo a cuatro simples ministerios. Uno de ellos tendría que ser el Ministerio de la Verdad, así sabríamos todos de una vez por todas que Oceanía nunca ha estado en guerra con Eurasia.

jueves, noviembre 15, 2007

Una bandera para unirlos a todos


Yo creo que a ésta se apuntan todos... ¿o quizá surgiría algún movimiento disidente defensor de la alimentación sin colesterol...?

La imagen la encontré por ahí y no sé quién es el autor original. Me parece una idea brillante.

martes, noviembre 13, 2007

Empresarios y trabajadores

En los últimos meses estoy oyendo y leyendo comentarios de lo más interesantes sobre el tema del empleo. Se trata de comentarios realizados en términos generales por empresarios y emprendedores de la comunicación que se encuentran con dificultades a la hora de fichar profesionales cualificados.

Me refiero, por ejemplo, a este controvertido post de Jorge López, director de Lewis PR, en su siempre interesante blog: Desde el lado oscuro.

Se quejaba Jorge hace ya tres meses, no de la dificultad de encontrar talento (que haberlo, haylo), ni de las aspiraciones económicas de los candidatos (a veces superiores a las que teníamos los de la generación del Baby Boom cuando salimos a buscar el primer empleo "con el cuchillo en la boca"). Jorge se quejaba de que notaba falta de afán de superación y un interés tremendo por parte de los candidatos en irse a su hora a casa y en no dedicarle a la empresa más tiempo del imprescindible. Dicho interés es legítimo, por supuesto, pero a él le llamaba la atención. En cierto modo a mí también me llama la atención. En mi primer empleo -no de becario- tuve que aceptar trabajar sin contrato laboral, sino con contrato mercantil, y sin ninguna cobertura de seguridad social o desempleo. Y a nadie se le pasaba por la cabeza insinuarle al jefe que te marchabas a casa a las ocho de la tarde (cuando acababa oficialmente la jornada). De hecho tuve un jefe que disfrutaba de lo lindo cazando gente a las 19:55 para "una reunión importante" (y el juego de esquivarlo en las últimas horas de la tarde era lo más entretenido en la oficina).

Las razones por las que esta actitud de los jóvenes trabajadores tengan ese afán por hacer valer sus legítimos derechos laborales no tienen nada que ver con cambios culturales entre las diferentes generaciones. Tienen que ver básicamente con esto: Los universitarios, en pleno empleo.

Sí, las tasas de desempleo entre los titulados superiores han caído a números tan bajos, que prácticamente se puede hablar de pleno empleo. Es, sin duda, una buena noticia (sobre todo para los titulados universitarios, claro).

Esta situación está impulsada por dos factores. En primer lugar, llevamos varios años de crecimiento económico continuado y, en segundo lugar, la pirámide de población se ha ido estrechando por abajo. Esto quiere decir que las hornadas de universitarios que se incorporan al mercado laboral son menos numerosas que en el pasado. Vamos, que son menos gente compitiendo por más puestos de trabajo.

Ante esta situación, a las empresas (a todas) no les queda otra que replantearse su estrategia de Recursos Humanos. Deben aprender a competir por el talento y eso es algo a lo que no están acostumbradas. Eso implica no sólo mejorar las retribuciones, sino cuidar el clima laboral, ofrecer incentivos en el área de la calidad de vida, facilitar la conciliación trabajo/vida privada, fomentar el desarrollo profesional, ofrecer alternativas de trabajo a tiempo parcial o teletrabajo para evitar que se marchen los empleados, etc. La imaginación es el límite, pero las dificultades para poner en marcha estas políticas también son enormes.

No hay muchas alternativas para los empresarios. O se esfuerzan por atraer y retener talento o la única opción es lo que escuché el otro día en una lamentable conversación de cafetería entre dos pequeños empresarios del transporte: "¡A ver si viene pronto la crisis!", decía uno de ellos que tenía la imperiosa necesidad de pararles los pies a sus empleados. Yo creo que pensar así es muy triste.

Desafortunadamente para este empresario de limitadas entendederas (y afortunadamente para el resto de la humanidad), es posible que la próxima crisis no sea tan catastrófica como las anteriores en términos de empleo.

Bonus: al escuchar la triste conversación entre los empresarios del transporte no pude evitar acordarme de una frase que creo que era de Lenin. Decía el viejo revolucionario algo así como que al capitalismo no le interesaba acabar con el desempleo, porque el paro entre los obreros era una herramienta para facilitarle suministro de mano de obra a bajo coste (si alguien conoce la cita exacta, que me la diga, por favor).