domingo, noviembre 30, 2008

Algunas cosillas de China que me llamaron la atención

Ya estamos en casa. El viaje de prensa a la sede de Huawei en Shenzhen ha terminado (yo diría que con éxito) y llega el momento de recapitular y repasar esas cosillas que a uno le llaman la atención de los lugares que visita. Aquí comento algunos ejemplos:

1) Los masajes. No me voy a entretener explicando esto, ya que el amigo Uriondo lo ha hecho con estilo. Yo me libré de la exfoliación, pero no de que una china me caminase por la espalda encontrando todo punto sensible al dolor y torturándome sin piedad.

2) Vasos de agua caliente. Aparte de que a la menor oportunidad en China te ponen delante una taza de té, también es costumbre agasajar al huésped con vasos de agua calentita (para bebérsela, no para lavarse). Es curioso, pero en España me parece horrible beberme un vaso de agua caliente y allí me la bebía sin problemas.

3) Jugar al billar en pijama. En la zona de descanso del centro de tortura se podía jugar al billar, todos en chanclas y en pijama de rayas. Curiosamente, te ofrecían comida gratis (incluida en la entrada), pero por jugar 20 minutos al billar había que pagar aparte.

4) Control fronterizo con foto por sorpresa. Eso, que según estamos esperando que nos devuelvan los pasaportes, aparece una china con uniforme y mascarilla antipolución, abre la puerta del coche y con un palitroque que acaba en una lente nos saca en 0,5 segundos una foto a cada uno de los cinco ocupantes del coche. La verdad es que no sé si realmente era una cámara de fotos, el instrumento de Los Hombres de Negro para borrar la memoria de los inocentes ciudadanos o un lector de códigos de barras, pero fuese lo que fuese, a mí la situación me dejó flipando.

5) Parque automovilístico. Lo más barato que ví, aparte de los taxis, era un Toyota de 4 metros y medio.

6) Estilo de conducción. Es radicalmente distingo en Hong Kong y en Shenzhen. En Hong Kong conducen por la izquierda, como los británicos, tienen autobuses de dos pisos y te obligan a usar el cinturón de seguridad. En Shenzhen los semáforos sólo sirven para indicar al conductor que debe mirar un poco antes de acelerar. La velocidad mínima admisible en ciudad debe estar en torno a los 80 ó 90 kilómetros por hora.

7) La comida china. No tiene nada que ver con lo que nos ponen aquí. Bueno, sí tiene que ver, pero lo de allí es mucho más variado y de mejor calidad.

8) La decoración torotusa y osborniana. Las siguientes fotos del hotel lo dicen todo:






De izquierda a derecha, Miguel Ángel Uriondo, de Actualidad Económica, Antonio Ruiz del Árbol, de Cinco Días, un portamaletas torero, de China, Tamara Vázquez, de Expansión y su seguro servidor, de Huawei.

domingo, noviembre 16, 2008

El Terror, Dan Simmons


La exploración de los polos es uno de los temas que más me apasionan. Y dentro de los viajes históricos relacionados con los polos, siempre me fascinó la fallida expedición de Sir John Franklin (al menos desde que tuve noticia de ella).

Este marino británico, que tenía ya experiencia en exploraciones árticas, comandó una expedición con dos barcos (El Erebus y el Terror) en busca del Paso del Noroeste, es decir, una vía navegable entre el Atlántico y el Pacífico por el norte del continente americano. La expedición partió en 1845 y, simplemente, desapareció con todos sus hombres. Todas las expediciones de búsqueda fracasaron y sólo encontraron algunas pistas en algún documento dejado por los expedicionarios en mojones levantados con ese propósito, en algunas tumbas, y en objetos recopilados por esquimales, quienes refirieron haber tenido alguna noticia de un grupo de hombres blancos que murieron de hambre y cayeron en prácticas de canibalismo. De hecho, las expediciones de rescate perdieron todavía más hombres que los que supuestamente iban a rescatar.

Las causas del fracaso de la expedición son varias: frío extremo, barcos atrapados en el hielo, ausencia de deshielo cuando correspondía, alimentos en mal estado (posible envenenamiento por plomo por culpa de latas de conserva mal selladas) y equipamiento inadecuado para soportar durante mucho tiempo las condiciones extremas a las que se iban a enfrentar. Quizá los oficiales británicos pecaron de soberbia y no supieron aprender de las prácticas de los esquimales, quienes sabían mucho mejor que los europeos cómo vestir, cómo refugiarse y cómo sobrevivir en los hielos.

Dan Simmons recrea esta expedición en su novela El Terror. Es una obra bastante entretenida y, por momentos, incluso fascinante. El autor, sin embargo, con el ánimo de darle mayor dramatismo a la historia se inventa una criatura bestial y diabólica que va persiguiendo y eliminando a los expedicionarios. Consigue hacerlo de una forma bastante atractiva e incluso, al final de la obra, hace una aproximación muy interesante a las creencias y religión de los esquimales, donde el monstruo ocupa, lógicamente, su propio lugar.

En mi opinión, la historia de los expedicionarios y sus vicisitudes habría sido lo suficientemente interesante en sí misma como para justificar la obra. De paso, eliminando los elementos sobrenaturales, la novela podría haber sido algo más corta (tiene más de 800 páginas), lo cual habría sido de agradecer.

Hay otro elemento que creo que resulta algo abusivo en el relato. Dan Simmons utiliza recurrentemente saltos en el tiempo, hacia adelante y hacia atrás, lo cual es un recurso estilístico atractivo. Pero al ser una obra tan larga, el recurso me ha acabado cansando un poco.

En todo caso, creo que la novela es absolutamente recomendable. Respeta bien lo que se conoce de los hechos históricos, es muy entretenida e incluso absorbente y está escrita con una soltura envidiable y bastante riqueza lingüística (una pena que la edición que he leído sea un poco descuidada, pues abundan erratas y se encuentran ocasionalmente frases algo extrañas que supongo que son errores de traducción o de edición).

¡Qué la disfruten!

domingo, noviembre 09, 2008

Salamina, Javier Negrete

Normalmente me acerco con muchas precauciones a la novela histórica. Hay ciertos elementos comunes a este tipo de obras que me incomodan bastante. Por ejemplo, en muchas de ellas el autor interrumpe el fascinante relato histórico para enchufar una escena entre personajes secundarios que no viene a cuento (ni la escena, ni los personajes). En otras novelas, el autor se empeña tanto en demostrar lo bien que se ha documentado para la ocasión que no pierde oportunidad de endiñar al lector párrafos y párrafos de aburridas descripciones ricas en detalles nimios.

Eso le ocurre, por ejemplo, a toda la saga de El clan del oso cavernario y sus secuelas, hay veces en que uno no sabe si está leyendo una novela histórica (prehistórica en este caso) o un tratado de botánica y geología. En la interminable serie de novelas medievales es curioso observar cómo los escritores se empeñan en contarnos detalles absurdos sobre técnicas para construir catedrales o sobre las costumbres culinarias de la época.

Por eso es de agradecer una novela histórica en la que el autor se toma la molestia de ir desgranando sus conocimientos poco a poco, según vienen a cuento para entender una u otra escena del libro. Este es el caso de Salamina, una novela de Javier Negrete. El autor demuestra saber un mundo sobre la historia, la mitología y las costumbres griegas (y también de las persas, por cierto), pero no aturulla al lector con su sapiencia. Simplemente, va integrando esos conocimientos en una obra fluida en la que el devenir de los acontecimientos y el desarrollo de los personajes (prácticamente todos históricos) es el motivo principal del libro.

Y se trata de acontecimientos y de personajes de particular relevancia y de interés para cualquiera que esté interesado en la historia de las guerras médicas. El desarrollo de la novela se centra en cuatro acontecimientos bélicos fundamentales: las batallas de Maratón, las Termópilas, Artemisio y Salamina. Esta última representa, claro está, el clímax final de la obra.

Una curiosidad, Negrete no puede evitar utilizar algunos viejos trucos de best-seller. Así, se introducen unas cuantas escenas de sexo en la obra vengan o no vengan a cuento. Pero aunque a lo largo del libro se mencionan varias veces las costumbres homosexuales de los griegos, todas las escenas de sexo son hombre-mujer.

Hay algunos detalles que también me han resultado muy atractivos. Por ejemplo, la batalla de las Termópilas no está descrita, como suele ser habitual, desde el punto de vista de los griegos, sino que la narración está centrada en los persas que ven cómo sus oleadas de ataques contra los espartanos y sus aliados se estrellan una y otra vez contra un pequeño, pero eficiente, muro de escudos y lanzas. Es una perspectiva que me ha resultado curiosa.

En resumen, que recomiendo la lectura de esta novela bien hilvanada, bien documentada y bien construida.

miércoles, noviembre 05, 2008

El día en que los sueños se hacen realidad

Probablemente no es una ocurrencia muy original (de hecho, en el editorial de El Mundo le dan vueltas también a esta idea), pero al ver la victoria de Obama y las lágrimas del reverendo Jackson, no he podido evitar pensar que hoy es el día en que un viejo sueño se ha hecho realidad.

El 28 de agosto de 1963, antes de que yo naciera, Martin Luther King Jr. pronunció el que yo creo que es el discurso más famoso de todos los tiempos. 45 años después de aquellas palabras, a mí se me erizan los pelos de la nuca cuando lo leo (y más cuando lo escucho en alguna grabación). Aquí os dejo las frases que hicieron inmortal el discurso:

Tengo un sueño: que un día esta nación se pondrá en pie y realizará el verdadero significado de su credo: “Sostenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas: que todos los hombres han sido creados iguales”.

Tengo un sueño: que un día sobre las colinas rojas de Georgia los hijos de quienes fueron esclavos y los hijos de quienes fueron propietarios de esclavos serán capaces de sentarse juntos en la mesa de la fraternidad.


Tengo un sueño: que un día incluso el estado de Mississippi, un estado sofocante por el calor de la injusticia, sofocante por el calor de la opresión, se transformará en un oasis de libertad y justicia.


Tengo un sueño: que mis cuatro hijos vivirán un día en una nación en la que no serán juzgados por el color de su piel sino por su reputación.