martes, octubre 27, 2009

Soitu.es cierra, lo cual es una mala noticia en un mal contexto

No es una noticia de última hora, pero merece al menos un breve comentario. Soitu.es ha echado el cierre. Es una mala noticia, sobre todo para los 23 trabajadores de la empresa, pero no sólo por el cierre en sí mismo, sino porque muestra que el modelo de negocio de la gratuidad de contenidos para vivir de la publicidad resulta endeble. Ahora, con la crisis, los medios online lo van a pasar tan mal como los medios impresos. Y aquellos que no habían conseguido una base de ingresos razonable, alcanzando el punto de break-even, lo van a pasar todavía peor.

Y también es una mala noticia porque se produce en un momento lamentable para la prensa. Los 23 puestos de trabajo que se pierden en Soitu se unen a los 2.800 puestos de trabajo en los medios de comunicación que se han perdido en los últimos 11 meses.

Mal asunto.

jueves, octubre 22, 2009

El Reloj de Mr. Darwin, de Juan Luis Arsuaga, y un pequeño homenaje a Malthus

El Reloj de Mr. Darwin es el último libro de Juan Luis Arsuaga, reconocido paleontólogo, codirector de los yacimientos arqueológicos de Atapuerca y notable divulgador científico.

No me ha parecido su mejor libro, la verdad. He tenido la oportunidad de leer algunos otros que me han resultado mucho más impresionantes. En este caso me ha dado la sensación de que la obra es un poco de relleno, una oportunidad editorial para sumarse al carro del centenario de Darwin, que obviamente no se podía desaprovechar. Se trata, básicamente, de un relato sobre el proceso que llevó al naturalista inglés a desarrollar la teoría de la selección natural para explicar la evolución de las especies. La obra está llena de apuntes biográficos (sin llegar a ser una biografía), de referencias a las teorías de otros científicos que indudablemente influyeron en Darwin y de citas de la propia obra del naturalista. Esta faceta, la de las citas al propio Darwin, puede ser considerada un pelín abusiva (una de las citas llena 18 páginas del libro).

En todo caso, Arsuaga tiene buen oficio de escritor, por lo que el libro resulta de fácil y amena lectura, amén de muy educativo. Lo anoto por tanto en lista de los libros recomendables.

Uno de los aspectos que me ha llamado la atención es la poderosa influencia que Thomas Robert Malthus* tuvo en el desarrollo de la teoría de la selección natural.

Malthus no es precisamente un autor desconocido, se le considera el padre de la demografía moderna y uno de los predecesores de la teoría económica actual. Pero sus teorías fueron en su día muy contestadas y, en cierto modo, es un intelectual que ha quedado relegado a un segundo plano. Sin embargo, parece ser que tuvo una influencia notable sobre Darwin y también sobre Wallace, un naturalista que desarrolló la teoría de la selección natural al mismo tiempo que Darwin en un proceso independiente. De hecho, fue una carta de Wallace a Darwin la que precipitó al segundo a publicar su trabajo.

Darwin y Wallace no se copiaron mutuamente. Wallace podría haber sido reconocido como el padre de la selección natural si no fuera porque su obra fue eclipsada por el desarrollo del trabajo de Darwin, mucho más completo. Además, Wallace siguió pensando que para que apareciese el ser humano debió haber algún tipo de intervención superior que condujese la evolución hasta el objetivo de crear un ser que se sitúa muy por encima de las demás especies por su inteligencia. Darwin, sin embargo, llevó la teoría de la selección natural hasta sus últimas consecuencias, incluyendo al hombre y a su inteligencia dentro de la teoría general y negando cualquier intencionalidad al hecho de la evolución. En la selección natural no hay un objetivo, ni un plan, ni un destino. Todo es fruto de la azarosa lucha por la vida y la supervivencia.

Parece ser que fue la lectura de uno de los artículos de Malthus, Ensayo sobre el principio de la población, el detonante para que tanto Darwin como Wallace dieran con la clave de la evolución de las especies: la lucha por la supervivencia y por los recursos escasos es lo que provoca que sólo los mejor adaptados, los más fuertes, los más inteligentes, vivan el tiempo suficiente como para tener descendencia y transmitir su herencia a las generaciones posteriores.

En su ensayo, Malthus indicaba que la población humana (pero esto se puede aplicar a cualquier especie) tiende a crecer hasta los límites de los recursos disponibles. Esos recursos son, sobre todo, los alimentos, cuya producción no podría crecer al mismo ritmo que la población (las modernas técnicas agrícolas han modificado esta percepción). Por lo tanto, cuando la población supera ciertos límites, se produce una lucha por los recursos escasos y aparecen lo que posteriormente se han denominado crisis o catástrofes malthusianas: el hambre, las enfermedades, la guerra... que reequilibran la población a la baja hasta que los recursos son suficientes para mantenerla.**

Esa idea está en la esencia misma de la selección natural. Yo siempre he pensado -y sigo pensando- que Darwin es el pensador más revolucionario de la reciente historia de la humanidad. Su teoría se cargó de un plumazo milenios de ciencia, pensamiento y creencias e hizo tambalearse los cimientos de las religiones (algunas de las cuales han sabido astutamente adaptarse ante el peso abrumador de la teoría de la selección natural). Pero ahora, a la luz de lo aprendido en el libro de Arsuaga, me pregunto si en el panteón de los pensadores ilustres no debería hacerse un pequeño hueco para Malthus. Creo que quedaría bien situado a la derecha de Darwin.

*Enlazo al artículo de la Wikipedia en inglés, porque el artículo en español me parece muy pobre.
** En mis ratos de pesimismo, que afortunadamente no abundan, se me cruza por la cabeza la idea de que la humanidad se acerca a una gran crisis malthusiana, entre otras cosas porque hace mucho que no tenemos ninguna, al menos en Europa, donde la última podría ser la Segunda Guerra Mundial. Espero equivocarme.

martes, octubre 20, 2009

Estudio europeo sobre periodismo digital

La agencia de comunicación Canela PR, que está vinculada a la red de agencias Oriella PR Network, me ha hecho llegar un interesante estudio sobre periodismo digital elaborado por esta red. El estudio está basado en una encuesta a periodistas y se ha realizado a nivel europeo.

El estudio, en inglés, puede descargarse aquí.

Como suele ocurrir en estos casos, el estudio no hace ningún descubrimiento esencial, pero en esta etapa de grandes turbulencias en los medios de comunicación, sí que sirve para tomarle el pulso a lo que piensan los periodistas sobre la evolución de su profesión. Por ese motivo, recomiendo su lectura.

Hay algunas conclusiones que se entresacan del estudio que a mí, como profesional de la comunicación, me llaman la atención:

1) La mayor parte de los periodistas son conscientes de que muchos medios impresos desaparecerán. Pero no ven tan claro que Internet muestre un modelo alternativo viable desde el punto de vista empresarial para los medios de comunicación (coincido plenamente con esta apreciación).

2) El 41% de los periodistas encuestados concuerdan en que la dependencia de los contenidos producidos por agencias y departamentos de comunicación aumenta en el nuevo escenario. Creo entender que esto se debe, fundamentalmente, a que con la escasez de personal en los medios y la necesidad de publicar más artículos cada redactor (algo muy notable en el periodismo online), la forma de conseguir el objetivo consiste básicamente en publicar el material que envían los comunicadores con mínimas adaptaciones y sin más investigación. Esta tendencia es, en mi opinión, muy dañina a largo plazo.

3) También opinan muchos periodistas que es necesario aplicar nuevas habilidades para nuevos métodos de publicación (escribir para la web, podcasts, blogs, videocasts, etc.) Pero el problema esencial es que los periodistas no han recibido ningún entrenamiento específico en esta área y son básicamente autodidactas. Los responsables de comunicación y ejecutivos de agencia tampoco han recibido ningún entrenamiento ni formación. De hecho, la formación que reciben unos y otros debe consistir más o menos en lo siguiente: aquí tienes una cámara, lee las instrucciones y produce un video para publicarlo en la web.

Si la falta de formación de unos y otros se enlaza con el punto anterior (la dependencia de los gabinetes para la creación de contenidos), es fácil darse cuenta de que el panorama no es muy positivo. Los comunicadores y periodistas, simplemente, no nos estamos adaptando bien a la nueva realidad de los medios de comunicación.

lunes, octubre 19, 2009

Sobre regalos, prebendas y detalles con los periodistas

Recomiendo la lectura de un "disclaimer" que se ha marcado el amigo Uriondo. Creo que hace una descripción bastante acertada de la situación a la que se ha llegado con los regalos, prebendas y detalles con los periodistas.

Su caso básicamente consiste en que las empresas tecnológicas le endosan cualquier tipo de cacharro que se les antoje con la esperanza, imagino, de conseguir alguna que otra crítica positiva a sus productos o simplemente una relación amigable con un periodista de notoria influencia. Creo que Miguel Ángel pone unos límites claros y aceptables. Acepta este tipo de cosas porque van con el trabajo. Son detalles de las empresas, cuando son un regalo, o simplemente productos que le envían para pruebas cuando vienen en formato préstamo. Cuando la empresa en cuestión dice que es un préstamo, el producto se devuelve tras haberlo probado y ya está.

Pero lo que, en mi modesta opinión, ocurre con este tipo de prácticas es que muchas empresas están tentadas de sobrepasar con creces los límites de lo admisible. Y también que muchos periodistas se creen que todo el monte es orgasmo y aceptan cualquier tipo de envío sin cuestionárselo lo más mínimo.

Yo creo que es perfectamente factible establecer unas mínimas normas para la gestión de este tipo de regalos por parte de comunicadores y de periodistas.

1) Cualquier producto que se envía a un periodista debe estar relacionado con la actividad de la empresa. Es razonable que una empresa de portátiles envíe unos cuantos portátiles a periodistas para que los evalúen, o que una editorial envíe unos libros. Lo que no está nada bien es que una empresa que se dedica, por ejemplo, a desarrollar aplicaciones para el móvil, decida regalar un día jamones de jabugo para hacer pruebas de laboratorio (eso entraría dentro de los intentos de soborno).

2) En principio soy más partidario de los préstamos que de los regalos cuando se trata de enviar productos para evaluación. Lógicamente, hay productos que una vez desembalados y probados ya no pueden ser vendidos como nuevos y no tiene sentido pedir su devolución (aunque igual algunos de estos productos podrían tener salida en tiendas outlet). Creo que por este motivo, la mayor parte de los teléfonos móviles, de los libros y, por supuesto, de los productos alimenticios, pueden quedar excluidos de la devolución (dudo mucho que si se envía un jamón de jabugo o un Vega Sicilia para pruebas de laboratorio se pueda conseguir una devolución en condiciones para ser comercializados).

3) El precio/valor del producto en cuestión es importante. No es lo mismo aceptar que te regalen un cachivache tecnológico normal y corriente que la empresa X va a poner en el mercado, un libro que la editorial Z quiere vender estas navidades o una botella de vino que la bodega Y está promocionando que aceptar un regalo que vale miles de dólares. Los límites son difíciles de establecer, pero creo que un periodista debe poder darse cuenta de cuándo el regalo se está convirtiendo en un intento de soborno.

Por último, me ha encantado la descripción de los canaperos en la nómina de Vodafone. Me ha recordado a un articulillo que escribí en este mismo blog hace algún tiempo.

miércoles, octubre 14, 2009

Waterloo y Trafalgar , liderazgo en la era napoleónica

El relato que hace Alessandro Barbero en el libro La Batalla: Historia de Waterloo resulta al mismo tiempo atractivo y sobrecogedor. La forma de contar los hechos resulta entretenida, aleccionadora y, por momentos, incluso novelesca. Pero el entretenimiento queda eclipsado cuando uno se pone a reflexionar sobre lo que significaba un combate de esa magnitud en aquella época.

Las batallas de la era napoleónica eran algo cercano a una salvajada. Las posibilidades de morir o quedar permanentemente lisiado eran altas, muy altas. En la Batalla de Waterloo, por ejemplo, en la que lucharon cerca de 200.000 hombres de tres ejércitos en un sólo día en un campo de batalla de cuatro kilómetros de frente por cuatro de profundidad, la cifra de bajas entre los aliados, entre muertos, desaparecidos y heridos superaba los 25.000. En el ejército francés, la cifra se calcula en más de 40.000, aunque es imposible determinarla con precisión. No es posible saber tampoco cuántos de los desaparecidos estaban vivos (de los británicos aproximadamente la mitad volvieron a sus regimientos) ni cuántos de los heridos murieron en los días, semanas y meses posteriores a la batalla, pero no es demasiado aventurado pensar que la cifra total de muertos debió superar con creces los 20.000.

La cifra es brutal y supera la de otros momentos dramáticos de la historia humana como el Desembarco de Normandía. Pero de hecho, si en las batallas napoleónicas no caían más hombres era únicamente por la relativa poca eficacia de las armas de fuego. En los campos de batalla en tierra se combatía en formaciones cerradas (fila, columna o cuadro) en las que lo esencial era que los hombres mantuvieran la disciplina. Si la tropa empezaba a flaquear y sucumbía a un ataque de pánico, la formación se disgregaba, el enemigo se hacía dueño del campo y se producía una escabechina entre las tropas que huían. La caballería, por ejemplo, que era impotente contra un cuadro de infantería bien formado, podía hacer auténticos estragos en un batallón de infantería en desbandada.

Por ese motivo era esencial mantener la formación, incluso cuando se daba orden de retirada (o quizá todavía más en estos casos). Las formaciones cerradas -que se utilizaron, al menos en el ejército francés, hasta la Primera Guerra Mundial, cuando el uso de ametralladoras las convirtió en obsoletas- había que mantenerlas a toda costa.

¿Cómo conseguían los oficiales mantener la disciplina de las tropas? El libro nos ofrece muchas pistas sobre los métodos de liderazgo en una época en la que la brutalidad y la cabellerosidad se repartían a partes iguales en todos los ejércitos europeos.

Sobre la caballerosidad hay anécdotas para aburrir. En el libro se cuenta, por ejemplo, cómo un oficial inglés, con un brazo amputado por una batalla anterior, es atacado por un coracero francés. El oficial muestra la manga vacía de su casaca y el francés frena su caballo, saluda con el sable y se marcha por donde ha venido. También se cuenta cómo algún oficial francés salvó la vida haciendo un saludo masónico, reconocido por oficiales ingleses que lo toman inmediatamente bajo su protección.

Pero los métodos para conseguir la disciplina de las tropas eran variados y abundaban los que se basaban en atemorizar a los propios soldados. En un pasaje del libro se cuenta cómo los oficiales se situaban detrás de las líneas amenanzando con las picas a los soldados que pretendían desertar. Y también se cuenta que la caballería aliada, muy desgastada después de una carga eficaz pero temeraria, sólo sirvió durante gran parte de la batalla para dar confianza a las tropas y, al mismo tiempo, asegurarse de que la infantería propia no salía huyendo. Es decir, que servía más como policía militar que como instrumento bélico.

De todas formas, en esa época de salvajes caballeros los oficiales aspiraban a liderar a sus hombres dando ejemplo de valentía, osadía, gallardía y puesta en escena. Los oficiales de infantería y artillería iban a caballo, aunque eso les convirtiese en blanco perfecto para los tiradores enemigos. Cuando su caballo caía abatido por un disparo, buscaban otro caballo y volvían a montar. También llevaban a gala mostrarse con brillantes uniformes y espectaculares sombreros y acostumbraban a cargar delante de sus tropas (aunque en ocasiones esto era un error, Lord Uxbridge, uno de los lugartenientes de Wellington, se dio cuenta de un pequeño detalle en mitad de la impresionante carga de caballería mencionada en el párrafo anterior: él se tenía que haber quedado en retaguardia, reordenando el uso de las reservas. Pero cuando se dio cuenta ya era tarde y los coraceros franceses acabaron destrozando a la caballería pesada británica).

Esta actitud de arrojo y ejemplo se llevaba al extremo en la marina. En otro libro que he leído recientemente, Trafalgar: biografía de una batalla, de Roy Adkins, puede leerse el siguiente fragmento:

En ambos bandos, los oficiales tenían una actitud paternalista hacia sus hombres y un fuerte sentido del honor y la caballerosidad. Guiaban a sus subalternos desde el frente, ganándose el respeto de sus tripulaciones por el exagerado desdén por su propia seguridad. Mientras que los marineros no tenían ningún escrúpulo en protegerse del modo que fuese de la lluvia letal de proyectiles enemigos, era una cuestión de honor entre los oficiales recorrer orgullosos la cubierta con sus mejores galas y no amedrentarse ante las balas de los mosquetes y de los cañones que rebotaban alrededor. Esta obsesiva adhesión al deber había sido llevada al extremo en la Batalla del Nilo, donde el almirante Brueys, que comandaba la flota francesa, perdió sus dos piernas y fue herido en la cabeza. Lo colocaron sobre un sillón en el alcázar y continuó dando órdenes hasta que una bala de cañón casi lo partió en dos. Aun así insistió en permancer sobre cubierta, pero murió poco después. Unos buques más allá en la línea de batalla francesa, el almirante Dupetit-Thouars primero perdió un brazo, luego el otro, y finalmente una bala le arrancó una pierna. Ordenó a sus hombres que lo colocaran sobre un barril de salvado, y él también siguió comandando el barco hasta el final.

A mí este relato me ha recordado un episodio de una antigua película.



Tras este pequeño inciso, debo decir que el libro de Roy Adkins es también muy recomendable. El relato de la batalla es apasionante y está acompañado de las explicaciones técnicas imprescindibles para hacerse una idea de lo que era la marina a principios del siglo XIX.

Por cierto, que los episodios de caballerosidad también abundaron durante la Batalla de Trafalgar (la última gran batalla de barcos de vela en la historia). Uno de los episodios más curiosos es el de un barco, creo recordar que español, que pierde su bandera en mitad de la batalla, los ingleses lo toman como un signo de rendición y echan un bote al agua con unos oficiales para tomar posesión del barco apresado. Estos oficiales suben al barco en cuestión y, tras los saludos de rigor, son informados de que no hay rendición y que se trata de un error. Vuelven a saludarse con toda ceremonia, embarcan de nuevo en su bote y se dirigen hacia su propio barco sin que nadie intente nada contra ellos. Eran, desde luego, otros tiempos.

sábado, octubre 03, 2009

El Día D, la Batalla de Normandía, Antony Beevor


Creo que de todos los libros de Antony Beevor que he leído (y llevo ya unos cuantos), El Día D, la Batalla de Normandía es el que más trabajo me ha costado. La obsesión por el detalle que muestra el autor en algunos pasajes resulta abrumadora hasta tal punto que, en la descripción de muchas operaciones, nos llega a contar lo que sucede descendiendo al nivel de pelotones y citanto los nombres y apellidos de los sargentos que los comandaban. Ello dificulta bastante la lectura sin que, en mi opinión, la aportación de esos detalles al texto sea en muchos casos lo suficientemente valiosa como para justificar su inclusión.

A pesar de ello, creo que se trata de un libro francamente bueno que me ha hecho comprender mejor lo que sucedió en la batalla para la recuperación de Francia por parte de los aliados. De eso se trata precisamente. Si el lector simplemente quiere conocer las operaciones del desembarco, los preparativos y las múltiples anécdotas que rodearon a la gran operación del Desembarco de Normandía, quizá sea más recomendable que lea El día más largo, cuyo estilo ameno (casi tipo Reader's Digest) no le quita un ápice de valor a una excelente labor de documentación sobre los hechos. Sin embargo, si lo que busca el lector es saber qué es lo que pasó después, el libro de Beevor puede ser imprescindible. En él se relatan con todo lujo de detalles (demasiados) las operaciones militares desde el propio desembarco hasta la liberación de París. Unas operaciones que no siempre fueron tan brillantes como se nos ha hecho creer y que tuvieron éxito, fundamentalmente, por la impresionante superioridad material (sobre todo en aviones y artillería) de los aliados.

Hay un par de cosas que me han llamado poderosamente la atención. La primera es el elevado número de bajas que se producían por el "fuego amigo" en las filas de los aliados. Los bombardeos aéreos eran bastante imprecisos por aquellos tiempos. Podían fallar, incluso, por centenares de metros sobre los objetivos. Y esos centenares de metros podían significar bombardear las propias líneas. Hay algunas operaciones en las que el bombardeo previo de preparación ocasionaba cientos de bajas entre los soldados del propio bando (a estas alturas, los alemanes ya casi no tenían aviación operativa en ese frente, así que esto se refiere sobre todo a los aliados). Parece que entre los chascarrillos de las tropas había uno bastante recurrente cuando se empezaban a oír motores de aviones: "¡A cubierto chicos! ¡qué pueden ser de los nuestros!".

El segundo elemento llamativo es el pobre papel que al parecer desempeñó el Mariscal de Campo Montgomery. El héroe británico debía ser un individuo meticuloso hasta la náusea (aparte de ser tan egocéntrico como cualquier otro general de relumbrón). Esa actitud de Montgomery le condujo a retrasar ofensivas y a embarcarse en una guerra de desgaste en el sector británico del frente. Mientras tanto, Bradley y sobre todo Patton, fueron los que se encargaron de realizar las ofensivas que rompieron el frente alemán y acabaron embolsando (casi, pues quedó una fisura entre la parte británica y la americana por la que escaparon muchos) a varios miles de soldados alemanes.

La ineficacia de Montgomery, que desaprovechó grandes oportunidades para dar golpes decisivos, exasperaba a los militares estadounidenses. Pero más aún les molestaba que en esa situación Montgomery se empeñase en colocarse todas las medallas. He aquí un fragmento del libro que define bien la tormentosa relación entre los líderes militares de aquellos días.

[Montgomery] Creía que debía ser equiparado a Marlborough y a Wellington, y denigraba implícitamente a sus colegas americanos. Él sólo prácticamente había conseguido en Normandía que la mayoría de los altos oficiales americanos se convirtieran en antibritánicos en el momento preciso en el que el poder de Gran Bretaña caía en picado. Así pues, su comportamiento constituyó un desastre diplomático de primera magnitud... ...Había provocado también a los altos mandos de la RAF [fuerzas aéreas británicas], cuya ira por su falta de claridad durante las operaciones llevadas a cabo en Normandía superaba a la de los americanos.

Parece que Montgomery se dedicaba, por una parte, a preparar operaciones hasta el último detalle, retrasándolas lo indecible porque los preparativos no eran de su gusto. Luego contaba las cosas y proyectos de manera confusa y actuaba de tal modo que, si la cosa salía medianamente bien, el mérito era suyo, y si la cosa salía medianamente mal, siempre le podía echar la culpa a otro.

Curiosamente, Montgomery fue el principal instigador de otra operación que acabó convirtiéndose en un desastre para los aliados: el asalto aerotransportado a Arnhem, también conocida como operación Market-Garden. A pesar de la evidencia de que todo aquello fue un desastre, Montgomery siempre sostuvo que la operación "había conseguido la mayor parte de los objetivos propuestos" (dejando de lado el hecho de que el objetivo principal no se había conseguido y, por lo tanto, los demás objetivos no servían para nada) y que "si la operación hubiese tenido todo el apoyo necesario, habría obtenido un éxito seguro" (dejando de lado en este caso que Eisenhower tuvo que parar los ataques de Patton para poder darle a Montgomery los suministros que necesitaba para la operación).

En fin, que me pregunto si además del Método Rommel para el liderazgo, de las enseñanzas de la historia de la Segunda Guerra Mundial no podríamos deducir un "Método Montgomery". El problema es que no sé si en este caso sería un método para llegar a un buen fin, o simplemente un método para medrar en condiciones adversas.