sábado, diciembre 11, 2010

Jesús Desenterrado: John D. Crossan, Jonathan L. Reed

"Las palabras hablan. Y las piedras también". Ésta es la base sobre la que se asienta este interesante trabajo sobre la realidad histórica en la que se desarrolló la vida de Jesús. Un arqueólogo y un exégeta (la exégesis es la disciplina que interpreta los textos, particularmente los religiosos) unen sus fuerzas en Jesús Desenterrado para, a través de las deducciones que nos facilitan los restos arqueológicos, y a través del análisis histórico de los evangelios, reconstruir la forma de vida, el contexto social y la situación política del Israel del siglo primero de nuestra era.

Fue aquella una época convulsa, sin duda, en la que movimientos como el de Jesús no pueden enmarcarse únicamente dentro del ámbito de lo religioso. El libro sitúa a esos primeros cristianos como parte de los movimientos, más o menos estructurados, de resistencia a la ocupación romana. Dicha resistencia tomó diferentes formas: desde la rebelión armada de los Sicarios de Masada a la resistencia pacífica de movimientos como el de San Juan Bautista o el mismo Jesús. Y, por supuesto, también había colaboracionistas con los romanos -principalmente entre la aristocracia judía y los sacerdotes de alto rango del Templo de Jerusalén-.

Si algo he sacado claro del libro es que en la antigüedad no es posible la separación entre religión y política. Son dos caras de la misma moneda. Oponerse a Caifás -un protegido de Roma- significaba los mismo que oponerse a la misma Roma o negar la divinidad de los emperadores. De hecho, la separación (al menos teórica) del poder temporal y el religioso es un fenómeno relativamente reciente en la historia de la humanidad.

Más allá de esta interpretación política del movimiento de Jesús (que fue lo que le condujo al calvario), la obra de Crossan y Reed nos ofrece una amplia visión sobre los modos de vida y las relaciones sociales de aquella época. Además, hace una aproximación muy interesante -y novedosa en algunos aspectos al menos para mí- de las metodologías de estudio. Por ejemplo, el análisis arqueológico incluye elementos tradicionales como enterramientos, casas y palacios, pero también otros sobre los que no se lee muy a menudo como una barca de pesca del siglo primero que fue encontrada semienterrada en el lodo en el lago Kinneret o Mar de Galilea, el osario del mismísimo Caifás y su familia, o los restos de un crucificado real (con un viejo clavo torcido, que no podía ser extraído, todavía atravesando sus tobillos).

Cada uno de estos elementos nos ofrece alguna pista sobre los modos de vida y de muerte de aquellos tiempos. Los restos del osario de Caifás, por ejemplo, nos muestran esta escalofriante estadística: de un total de 60 individuos enterrados allí, 40 tenían menos de 12 años en el momento del enterramiento (entre ellos, 10 bebés de menos de un año y 16 niños de menos de 5 años). Tiempos duros ¿verdad? Si uno tenía la suerte de llegar a la edad adulta luego podría verse involucrado voluntaria o involuntariamente en cualquier algarada antiromana y acabar crucificado entre los varios miles que eran ejecutados cada año; por no mencionar las inmensas posibilidades de morir de hambre durante cualquier periodo de sequía, de vivir condenado a la miseria tras el paso de un cobrador de impuestos, o de acabar siendo esclavizado por deudas.

Más original me ha parecido todavía la parte relacionada con la exégesis. Los autores nos hablan, al igual que en el caso de la arqueología, de una "estratigrafía" de los textos sagrados (no sólo los evangelios, sino también otros textos como los Manuscritos del Mar Muerto). Así, los documentos pueden ordenarse en estratos, de más primitivos a otros más modernos, y analizar cómo han ido evolucionando algunas ideas en función del momento histórico en el que fueron redactadas. Así, entre los Evangelios reconocidos por la iglesia como revelados el más antiguo es el de Marcos. Mateo y Lucas copian este Evengelio tomándose mayores o menores libertades, pero también utilizando otro evangelio más antiguo y desaparecido - conocido como Evangelio Fuente o Evangelio Q (de Quelle = fuente en alemán). El Evangelio de Juan es posterior.

La exégesis les permite a los autores hacer valoraciones sobre cómo interpretaban realmente los judíos ideas como la resurrección de los muertos (y por tanto analizar el inmenso valor que podrían tener las noticias sobre la resurrección de Lázaro o del propio Jesús), o cuestiones mucho más mundanas como la famosa frase de Cristo: "al César lo que es del César". Yo siempre había entendido esta frase como algo muy profundo, con la que Jesús se desmarcaba de la política e indicaba su deseo de circunscribirse al ámbito de lo religioso. Pues parece ser que no es así, sino que fue una simple salida burlesca cuando algunos judíos -buscando comprometerle- le preguntaron si era lícito pagar impuestos a los romanos. Como las monedas tenían grabadas la efigie del César, Jesús debió contestar con la famosa frase, quitándose el problema del medio.

El libro, en resumen, me parece altamente recomendable. Debo hacer una advertencia, sin embargo. En el afán de mostrar un tratamiento profesional y científico (sobre todo en la parte de la exégesis) algunos capítulos resultan ser de difícil digestión, abrumando al lector con detalles y matices que hacen la lectura bastante pesada. Se recomienda por tanto buscar el momento adecuado -con tiempo suficiente por delante- y el estado de ánimo y predisposición que corresponden cuando uno va a enfrentarse a una ardua tarea.

domingo, noviembre 28, 2010

El diálogo que nunca existió, o crónica de cómo se pierde un tubo de pasta de dientes

Viernes 26 de noviembre. A eso de las 12:00 del mediodía, me dirijo resuelto a pasar el control de seguridad del aeropuerto.

Sigo un ritual ensayado mil veces. Me desprendo en unos segundos de móviles, reloj, bolígrafos, cartera, tarjetas de identificación, paquetes de caramelos, gafas, llaves y demás quincalla que suelo llevar encima y lo meto todo en los bolsillos del abrigo (esto es más útil que depositar los objetos en la bandeja, luego al ponerte el abrigo lo llevas todo encima); pliego el mismo con mucho cuidado en una de las bandejas. Abro la pequeña maleta que llevo conmigo, saco el ordenador y lo pongo en otra bandeja, donde también deposito mi cinturón y la pequeña bolsa transparente de productos de aseo.

Cargo como puedo con las dos bandejas con una mano y la maleta con la otra y me dirijo renqueante y haciendo equilibrios con las bandejas hacia el control. El único objetivo es llegar a la máquina de rayos X sin que se caiga al suelo el ordenador. La tarjeta de embarque la llevo en la boca. Noto que se me van cayendo los pantalones y trato de caminar con las piernas ligeramente abiertas para evitar que desciendan más allá de la mitad inferior del trasero.

Consigo arrojar las bandejas y la maleta a la cinta transportadora sin que se rompa nada; me subo los pantalones y paso por la máquina esa que hace "bip" cuando llevas algo metálico encima o cuando le sale de los cojones. Paso sin que haga "bip", por lo que esta vez me libro de quitarme los zapatos.

Observo ilusionado cómo van apareciendo mis objetos al otro lado del oscuro túnel. La encargada de la máquina de rayos X, una empleada de seguridad con cara de no haberse tomado el All-Bran en una semana me envía la primera señal de alarma:

- ¿Este ordenador es suyo?
- Ehh, psi... (contesto temeroso)
- ¿Puede abrirlo?

Lo abro mientras me pregunto qué coño de diferencia hay entre un ordenador abierto y otro cerrado cuando ya ha pasado por el control de rayos X. La buena señora observa indiferente que el ordenador está efectivamente dotado con un teclado QWERTY y cierro el ordenador.

Segunda señal de alarma. La susodicha señora empieza a palpar y escrutar con determinación todos y cada uno de los productos que van en la bolsa de aseo. La ausencia de All-Bran se va haciendo notar de forma creciente.

Tras unos tensos segundos, lanza su implacable veredicto.

- Esto no puede pasar - dice indicando el tubo de pasta de dientes - tiene 125 centímetros cúbicos y el límite son 100.

Yo y mi puta manía de comprar todo en paquete grande. Debe ser por haber crecido en una familia numerosa. La lista de la compra era siempre: un bote "grande" de Colón, una caja "grande" de galletas María Fontaneda, un bote "grande" de ColaCao, una lejía "grande" y un paquete "grande", pero que "muy grande" de rollos de papel higiénico. La lista de la compra también solía ser "grande" en sí misma para desmayo del escueto billetero de mis padres.

¿Qué hago?: ¿monto el pollo?, ¿no lo monto?, ¿ruego?, ¿me humillo?...

Es entonces cuando se cruzan nuestras miradas y tiene lugar un diálogo silencioso, un diálogo que nunca existió.

- Vamos, tía, tú sabes tan bien como yo que la norma es una completa gilipollez y que eso es sólo un tubo de pasta de dientes.
- Vamos, tío, yo sé tan bien como tú que la norma es una completa gilipollez y que eso es sólo un tubo de pasta de dientes. Pero tú sabes tan bien como yo que no me pagan por pensar, sólo por seguir las instrucciones al pie de la letra.
- Ya sé que no te pagan por pensar y menos por tomar decisiones. Pero el tubo de pasta de dientes está empezado, igual hasta ya he consumido esos míseros 25 centímetros cúbicos. Y esa una pasta de dientes de farmacia, de las caras.
- No puedo permitirlo, soy unidimensional, como todos los seguratas. He recibido un severo entrenamiento militar para poder discernir que cualquier tubo de pasta de dientes superior a 100 centímetros cúbicos es una severa amenaza para la seguridad aérea. También soy perfectamente capaz de distinguir si un ordenador tiene teclado no.
- Estás de broma ¿no?
- Claro que estoy de broma. A mí me importa un bledo el tamaño de la pasta de dientes y lo de abrir y cerrar el ordenador lo hago porque así lo dicen las normas y el guardia civil que se pasea por aquí tiene una mala hostia proverbial. Si no sigo las normas, me la juego.
- Vamos, que algún jefe tuyo podría estar mirando y si no tiramos a la basura la pasta de dientes, te juegas una bronca, una amonestación y a lo mejor hasta el puesto.
- Pues sí, más o menos es esa la situación.
- Pues nada, con la que está cayendo, no voy a poner en riesgo tu trabajo. Tira la pasta de dientes, que ya me compraré otra. Pero mañana tómate el All-Bran, ¿eh?
- Gracias, tronco.

Y así, satisfecho por no haberme empeñado en una discusión sin posible final feliz, y cabreado por haber perdido la pasta de dientes, me dirigí hacia la puerta de embarque ya con el cinturón puesto, con todos mis objetos recolocados en su sitio y con 125 centímetros cúbicos menos de pasta de dientes en mi equipaje.

sábado, noviembre 20, 2010

Cuatro libros recomendados

En los últimos meses he tenido la oportunidad de leer algunos libros de buena factura, casi excepcionales. Pero por un motivo u otro, no he encontrado el momento de hacer un comentario en mi blog. Para redimirme, presento aquí cuatro breves comentarios sobre cuatro libros de muy diferente estilo, pero todos ellos muy recomendables.

1) Anatomía de un instante, de Javier Cercas

Se trata de una visión peculiar sobre los acontecimientos del 23-F. El estilo de Javier Cercas es difícil de definir. No trata de hacer un libro que cuente la historia del Golpe de Estado, si no más bien un perfil psicológico y de motivaciones de varios de sus protagonistas, especialmente Adolfo Suárez, Santiago Carrillo y Gutiérrez Mellado, los tres únicos parlamentarios que no se tiraron al suelo cuando irrumpieron los golpistas en en Congreso. Para ello quizá abusa un poco de interpretaciones personales sobre lo que pudieran pensar aquellos personajes en aquellos momentos. Y quizá también abusa de un recurso estilístico peculiar, la repetición de descripciones para reforzar la imagen que quiere proyectar sobre algunos de los protagonistas.

En todo caso, se trata de un libro muy completo. Tras su lectura, se obtiene una visión amplia y precisa sobre los acontecimientos e individuos involucrados directa o indirectamente en el golpe, incluyendo las dobleces y confusos juegos de gente como Armada o Cortina (éste último quedó absuelto en el juicio). El libro hay que leerlo con la prevención de que algunas de las interpretaciones son visiones muy personales del autor. Por lo demás, es perfectamente recomendable.


2) El factor humano, John Carlin

Una obra impresionante sobre la que se ha basado Invictus, la también excepcional película de Clint Eastwood. De sacarle algún defecto al libro, destacaría únicamente el título (el de la película es mucho mejor), pues me resulta demasiado plano para la grandiosa historia que cuenta en su interior. Por cierto, el título original en inglés, Playing the Enemy, es mucho más atractivo. Esa grandiosa historia es nada menos que la de la reconciliación de una nación bajo la dirección de Nelson Mandela. El mundial de rugby de Suráfrica es el hilo argumental sobre el que se asienta el apasionante relato.

Para una sociedad como la nuestra, en la que continuamente se están agitando y removiendo en sus tumbas los fantasmas del pasado, considero que este libro es una lectura imprescindible.


3) El origen de los faraones, Toby Wilkinson

Un pequeño ensayo que se centra en los petroglifos del desierto oriental (un desierto entre el Nilo y el Mar Rojo que en su día fue una fértil sabana). Desde la interpretación de estas muestras de arte rupestre -que se encuentran en el origen de los jeroglíficos egipcios-, el autor nos traslada a los momentos primitivos previos a la eclosión de la gran civilización del Nilo, a un mundo de pastores seminómadas que, poco a poco, fueron creando una iconografía, una cultura y una ideología que dieron forma a uno de los imperios de mayor éxito en la historia de la humanidad.

Como todo libro de arqueología e historia antigua, su lectura puede ser difícil por momentos. Pero el autor ha tenido la habilidad necesaria como para condensar la complejidad del tema en apenas 200 páginas, por lo que nadie debería asustarse a la hora de enfrentarse a esta obra.



4) El ejército perdido, Valerio Massimo Manfredi

Para terminar, una novela histórica. Se trata de un género al que siempre me aproximo con muchas precauciones, pues buena parte de las novelas históricas que he leído han resultado ser un tostón. En este caso, sin embargo, la historia de la Anábasis o Expedición de los 10.000 es lo suficientemente interesante como para que las técnicas de Best-Seller que se utilizan en la obra pasen casi desapercibidas. La Expedición de los 10.000 es el viaje imposible de un ejército de mercenarios griegos que se quedan medio huérfanos en el corazón del Imperio Persa tras la muerte de Ciro el Joven, que los había contratado para enfrentarse a su hermano, el emperador Artajerjes II. Este ejército emprende una expedición espectacular al mando de Jenofonte hasta llegar a Armenia y al Mar Negro. Pero sus tribulaciones no terminan ahí, ya que incluso al llegar a zonas colonizadas por griegos, se plantea el difícil caso de qué hacer con casi 10.000 mercenarios armados sin una misión concreta.

El libro tiene el aliciente de estar contado desde el punto de vista de una mujer que acompañaba al ejército (en la época antigua, a los soldados les acompañaba una inmensa cohorte de mercaderes, meretrices, artesanos y vividores buscavidas que trataban de medrar en medio de las peligrosas expediciones). Ese punto de vista me ha resultado original. Adicionalmente hay que señalar que el libro cuenta con una calidad literaria bastante decente, sin duda superior a la media de las novelas históricas actuales.

domingo, octubre 17, 2010

Diccionario español-argentino ¿hablamos el mismo idioma?

Es cierto que en toda la América hispanohablante los españoles nos entendemos perfectamente con todo el mundo. Muchas veces, ni nos fijamos en las diferencias de uso de vocabulario entre unas zonas y otras. Simplemente hablamos y nos entendemos.

Los niños, sin embargo, que son mucho más observadores que los adultos, tienden a fijarse más en las pequeñas diferencias. Además, como sucede que ellos tienen menos experiencia y trayectoria vital, ocurre que a veces se quedan quietos (como bloqueados) al escuchar una frase que les suena extraña. Por ejemplo, si uno va por una calle de Córdoba en Argentina, puede que escuche la siguiente frase...

"Ponete la campera y subite a la vereda, que ya viene el colectivo"

... que si bien es comprensible para un adulto, a un niño de España le resulta muy extraña y lo más probable es que haga caso omiso. Dicha frase, traducida al español de España, sería...

"Ponte la cazadora y súbete a la acera, que ya viene el autobús"

En muchas ocasiones las palabras no son realmente distintas, pero se usan de distinto modo o están en desuso en alguno de los países. Un español nunca diría "voy a estacionar el auto", como diría un argentino, sino "voy a aparcar el coche". La palabra estacionar es perfectamente comprensible y correcta a ambos lados del Atlántico, pero en España se usa más bien poco.

Como decía, los niños se fijan mucho en estas cosas, así que en el último viaje a Argentina mis hijos se entretuvieron bastante recopilando un pequeño diccionario de palabras y expresiones que se utilizan de distingo modo en España y en Argentina.

He aquí el resultado (ya sé que algunas son discutibles, pero recuerden que es una recopilación hecha y dirigida por los niños):

Diccionario español-argentino

ESPAÑOL ARGENTINO

acera - vereda
adiós - chau
albaricoque - damasco
aparcar - estacionar
aquí - acá
autobús - colectivo / bondi
balancín - subeibaja
baloncesto - basket
bañador - malla
be - be larga
boda - casamiento
boli - birome
boniato - batata
bordillo - cordón
calabacín - zapallito
calcetines - medias
camioneta - picá (del inglés Pick-up)
camiseta - remera/polera
caradura - rostro
cazadora - campera
cerillas - fósforos
chandal - jogging
chaval - pibe
chisme - coso
chubasquero - piloto
chungo - choto
coche - auto
columpio - hamaca
cometa - barrilete
comida - almuerzo
conducir - manejar
congelador - frizer (del inglés freezer)
cremallera - cierre
cruasán - medialuna
cuánto cuesta - cuánto vale
cubo - balde
cuenco - bol
¡cuidado! - ¡guarda!
dinero - plata
enfadado - enojado
escaparate - vidriera
escondite - escondidas
estación - terminal
estuche - cartuchera
estupendo - macanudo
falda - pollera
fastidiarla - mandarse un moco
filete - bife
fresa - frutilla
futbolín - metegol
gafas - anteojos
gasolina - nafta
grifo - pico/canilla
gymkana - búsqueda del tesoro
habitación - pieza
lado - costado
lavabo - lavatorio
licenciarse - recibirse/egresar
maleta - valija
maletero - baúl
Mamá - vieja
manta - frazada
me apunto - me prendo
mechero - encendedor
medicina - remedio
melocotón - durazno
mopa - lampazo
móvil - celular
nevera - heladera
noria - vueltalmundo
ombligo - pupo
ordenador - computadora
pápa - viejo
parking - playa
patata - papa
pequeño - chico
petanca - bochas
pijo - cheto
piña - ananá
piscina - pileta
plátano - banana
polo - chomba
recogedor - pala
refresco - gaseosa
regañar - retar
rodamientos - rulemanes
rueda/neumático - goma
socorrista - bañero / guardavidas
sudadera - buzo
suelo - piso
tiesto - maceta
tío - guaso
tío-vivo - calesita
tornillo - bulón
tortilla francesa - omelette
tripa - panza
tú - vos
uve - ve corta
vale - dale
vaqueros - jeans
velcro - abrojo
zumo - jugo

martes, octubre 12, 2010

El río de la luz: Javier Reverte

Hay algo que me entusiasma en los libros de viajes del periodista y escritor Javier Reverte. No se trata de la calidad literaria, puesto que Javier Reverte es un buen escritor, pero sin duda los hay más brillantes. De lo que se trata es de que él vive un tipo de aventuras que me gustaría vivir a mí y, sobre todo, que son aventuras bastante "realistas". Es decir, que se basan en viajes realizables para los que sólo es necesario algo de dinero, tiempo y el estado de ánimo adecuado. Reverte no se mete a atravesar el desierto de Arabia en dromedario, ni circunnavega el mundo en veleros monoplaza. Viaja en trenes, barcos, aviones, autobuses y coches. Todo lo más se monta en canoa de remos con un grupo de compañeros (como en este libro).

Pero sin dejar de utilizar los instrumentos de viaje que nuestro tiempo pone a nuestra disposición, Reverte es capaz de trasladarnos al pasado y a un mundo de aventuras y aventureros que ya no volverá, pero con el que muchos hemos soñado.

El Río de la Luz es un recorrido por Alaska y Canadá siguiendo las huellas de Jack London, quien se aventuró en un peligroso viaje afectado por la fiebre del oro. Así, Javier Reverte nos hace recorrer con la imaginación un mundo de buscadores de oro, pistoleros, meretrices de salón, policías montados del Canadá, osos, indios y aventureros. La parte central del recorrido es un descenso en canoa por el río Yukón con un grupo de compañeros: un auténtico sueño para los que alguna vez hemos anhelado vivir una aventura similar a las descritas por el escritor estadounidense en sus libros.

El Río de la Luz no es el mejor libro de Javier Reverte. El más impresionante de todos es, en mi modesta opinión, El Río de la Desolación (que describe un trayecto por el Amazonas). Esta opinión creo que la comparte también el propio autor, quien en una reciente entrevista de radio se refirió a esta obra como la que tenía mayor calidad literaria entre sus libros de viajes. Me parece que eso de la calidad literaria enmascara en realidad el hecho de que es un libro escrito desde el alma y que llega al alma de los lectores, puesto que el viaje impactó profundamente al autor y eso queda patente en cada línea.

En todo caso, El Río de la Luz es un libro altamente recomendable. Todos aquellos que en nuestra juventud hemos disfrutado con Jack London y sus relatos, disfrutaremos también con este recorrido por tierras que en su día fueron salvajes y aún hoy no han sido del todo domesticadas.


jueves, septiembre 23, 2010

Carta abierta al director de mi banco

Estimado Sr. XXX, director del Banco ZZZZ:

Me permito escribirle para comunicarle que el tugurio que usted regenta deja bastante que desear. Hace apenas dos meses que trabajamos con ustedes y, a pesar de que uno de esos meses ha sido el de agosto -tradicionalmente inactivo- ya estoy hasta el gorro de la falta de diligencia y estupidez supina que caracteriza su gestión.

No sólo han tardado dos meses en enviarnos las tarjetas que solicitamos el primer día de nuestra relación; no sólo se han confundido al poner la dirección de nuestra organización, fijándose únicamente en los datos de la escritura original y haciendo caso omiso de la documentación relativa al cambio de domicilio; no sólo no nos han enviado la documentación del seguro que, a modo de impuesto revolucionario, nos hicieron firmar para formalizar una operación de crédito (los recibos sí que los han pasado, sí, lo que nos falta es tener algún documento que nos diga por escrito a qué nos da derecho ese dinero que nos cobran cada mes); sino que ahora hemos recibido dos cartas en las que se pone de manifiesto la inmensa verdad de la sentencia de Einstein: "Sólo hay dos cosas infinitas, el universo y la estupidez humana; y no estoy seguro de la primera".

En dichas cartas, dirigidas una al tomador del préstamo y otra al avalista, nos reclaman que abonemos un "recibo vencido" de la operación de préstamo. En caso de no hacerlo así, grandes males se abatirán sobre nuestro destino, como la inclusión de nuestros datos en ficheros de cumplimiento o incumplimiento de obligaciones dinerarias (el registro de morosos de toda la vida).

Yo no tengo inconveniente en que ustedes tomen las medidas oportunas cuando se encuentran ante una situación de impago, pero me permito llamarle la atención sobre los siguientes detalles:

a) Sus cartas están fechadas el 7 de septiembre, pero han llegado a mi domicilio el día 23. Todos sabemos que el servicio de diligencias ya no es lo que era y que el Pony Express está un poco de capa caída. Para la próxima comunicación le sugiero el uso de palomas mensajeras, que estoy seguro que pueden cubrir la distancia que separa sus oficinas de mi domicilio en un par de días todo lo más. Me comprometo a alimentar a la paloma cuando llegue a mi casa hasta que puedan enviar a alguien a recogerla.

b) El importe de la deuda que se nos reclama asciende a 0,26 euros (43 pesetazas). El importe de franqueo de las dos cartas enviadas debe ser de al menos 68 céntimos. A ello hay que sumar el coste del sobre, el papel y la tinta por duplicado.

c) El importe adeudado no se corresponde a ningún "recibo vencido de la citada operación de crédito" y no pagado como ustedes -falsamente- denuncian en la carta. Esa deuda se ha originado tras un adeudo de 0,34 euros que ustedes de forma unilateral han anotado en nuestra cuenta bajo el concepto de "correspondencia". Me he tenido que tomar la molestia de entrar en Internet para activar por mi parte la anulación de la correspondencia en papel y que no me sigan cobrando por ello cada vez que a alguien de su organización se le ocurra la feliz idea de mandarme un documento (por cierto, ya les enviaré yo el recibo de la parte que corresponda por el uso de mi ADSL para enviarles esta comunicación. Evidentemente, si ustedes me cobran a mí por enviarme una carta que yo no he solicitado, yo me veo en la ineludible obligación de cobrarles a ustedes por contestarla).

d) Si ustedes se hubiesen tomado la molestia de mirar de cuando en cuando las cuentas que tenemos en su entidad financiera, se habrían dado cuenta de que la deuda mencionada está saldada desde el día 10 de septiembre. Les habría resultado sencillo enviar a un cojo a alcanzar al cartero e impedir la distribución de sus impertinentes cartas. Calculo que el cartero, en esos tres días, habría llegado como mucho al bar de la esquina.

e) También se podrían haber tomado la molestia de enviarnos un correo electrónico avisando de la deuda (pero sin amenazar con el registro de morosos, que es como de mal gusto). Igualmente podrían haber cargado el injusto adeudo de correspondencia en la otra cuenta que tenemos con ustedes, donde sí hay dinero de sobra para tales menesteres y que resulta ser la cuenta habitual de nuestras operaciones.

f) Por último, también quiero mostrar mi disconformidad con el servicio de "Atención al cliente" en su versión online. Dicho servicio funciona con una serie de respuestas preconfiguradas para consultas o preguntas frecuentes. He probado con diversas versiones de la consulta "Cómo mandar al banco a tomar por culo" y el sistema ha sido incapaz de encontrar una respuesta, lo cual me parece inaudito dado que, a la vista de la calidad de su gestión, debe ser una consulta de lo más habitual.

En la confianza de que ustedes podrán subsanar en el futuro estas evidentes faltas de respeto y consideración hacia sus clientes, les envío un cordial corte de mangas.

domingo, septiembre 12, 2010

Grandes Comunicadores de la Historia: Tolomeo era un crack


¿Qué es lo que hace un líder para convertirse en líder? ¿Y para mantenerse en el poder? ¿Y para conseguir que, años después de haber obtenido la gloria, las masas sigan creyendo en él?

La historia está llena de líderes. La mayor parte de ellos consiguieron el puesto de manera poco sutil (a hostias), y se mantuvieron en el puesto del mismo modo hasta que algún incidente les hizo perder la fama o la cabeza. Así, Julio César estuvo enredado en guerras civiles para alcanzar el primer puesto del Imperio, y finalmente fue depuesto de manera ciertamente abrupta.

En el intermedio, sin embargo, para mantenerse en el cargo, tanto Julio César como otros líderes del pasado han tenido que echar mano de estrategias algo más elaboradas. La comunicación y la propaganda institucionales han jugado siempre un papel relevante en este sentido, permitiendo a los líderes rodearse de un aura de éxito y grandeza que los convertía en dioses y semidioses, o simplemente en héroes para su pueblo.

Tal es el caso de Alejandro Magno, quien se deificó en vida haciéndose declarar hijo de Amón (o más bien de Amón-Zeus, básicamente el dios griego con algunos elementos del culto egipcio que tenía su oráculo en el Oasis de Siwa, en Egipto). El aura divina se sumaba a sus dotes y su buena fortuna como estratega militar, y ello le sirvió para -en su corta vida- evitar que nadie le disputase seriamente el mando.

A su muerte, sin embargo, las cosas quedaron turbias y varios de sus generales estaban en posición de disputarse el poder. Uno de ellos era Tolomeo (o Ptolomeo I Sóter), quien desde el primer momento tuvo claro que no iba a ser posible mantener unido el Imperio de Alejandro y se dedicó a desarrollar sus propios planes para fundar una dinastía en Egipto.

Para ello no se preocupó tan sólo de afianzar su control militar sobre la zona, sino que también necesitaba dotarse de cierta legitimidad ante los gobernados. Con ese objetivo inició una inmensa campaña de propaganda y comunicación institucional cuyos ecos resonaron durante centurias.

El primer punto de su plan fue robar la momia y el sarcófago de Alejandro (está claro que hoy en día empezar una campaña de comunicación con un robo suena algo chusco, pero aquellos eran otros tiempos). De acuerdo con la tradición macedonia, cuando moría un monarca el nuevo rey era el encargado de las exequias del difunto, así que el simbolismo de estar en posesión de la momia de Alejandro era algo de tremendo impacto entre el ejército macedonio que le prestaba servicio.

Con aquellos restos, Tolomeo creó un mausoleo en Ménfis que posteriormente fue trasladado a Alejandría (no está del todo claro si ese traslado lo hizo el propio Tolomeo o alguno de sus descendientes). En todo caso, y en cualquiera de sus ubicaciones, la tumba de Alejandro se convirtió en un centro de peregrinación de un impacto similar -o mayor- al que en la Edad Media pudo tener la tumba del Apóstol Santiago. La momia de Alejandro legitimaba el gobierno de los Tolomeos, quienes se hacían enterrar en el mismo sitio, como si fuesen descendientes suyos.

Tal fue la popularidad de la tumba de Alejandro que varios emperadores romanos le rindieron también tributo con visitas al mausoleo y trataban de ser identificados con él. Una vez convertido el imperio al cristianismo, el poder de convocatoria del héroe pagano resultaba extraordinariamente molesto. Tanto es así que el propio emperador Constantino I el Grande tuvo que echar mano de todo su ingenio para encontrar algún elemento cristiano que pudiese rivalizar con la tumba de Alejandro. Para ello organizó una expedición a Tierra Santa para identificar el sepulcro de Jesús, con pleno éxito, puesto que sus enviados "encontraron" el Santo Sepulcro nada más llegar a su destino y Constantino pudo hacer el anuncio a bombo y platillo.

Tolomeo introdujo otros elementos curiosos en su "plan de comunicación". Básicamente, se inventó una religión nueva. Utilizó aspectos de la religión egipcia y tomó prestado al dios Osirapis, que ya era una síntesis de los dioses Apis y Osiris, para crear al dios Serapis, un dios sincrético (un egipcio helenizado) y nuevo patrón de Alejandría. La evidente misión de esta deidad era integrar a las comunidades egipcia y griega que gobernaba Tolomeo (a más de un responsable de comunicación interna le habría venido bien un Serapis tras una fusión empresarial).

En fin, que Tolomeo, a quien no le faltaban cualidades como político y militar, puede ser considerado como un auténtico crack de la comunicación institucional. Hoy no queda rastro de la tumba de Alejandro, y el templo dedicado a Serapis (el Serapeo) fue destruido por hordas de fanáticos cristianos en el año 391, pero a la dinastía tolemaica aquellos elementos de cohesión le prestaron servicios durante casi 300 años y su impacto duró al menos otros 400. Un éxito notable.

Todas estas hermosas historias y otras muchas las he aprendido en el libro Alejandro Magno: el destino final de un héroe, de Nicholas J. Saunders. Muy recomenable.

jueves, septiembre 09, 2010

Yo también soy homeópata

Me he sumado a un espontáneo movimiento de blogueros y otras gentes de mal vivir y me he sacado mi propio certificado de experto en homeopatía. Eso sí, como me ha dado cosilla poner mi nombre exacto en un documento que evidentemente carece de valor, he preferido utilizar un discreto seudónimo.


Lo cierto es que, bien mirado, la facilidad para sacarse este titulillo no dice nada en contra de la homeopatía en sí (que ya tiene bastante mala prensa por sí misma). De lo que sí dice bastante es de lo inútiles que son algunos programadores de páginas web. En este caso, ni siquiera es necesario contestar al test para sacar el título. Pones el nombre que te da la gana en la primera página, te vas directamente a la de imprimir y voilá, ya tienes tu diploma.

Se me ocurren variantes atractivas para sacarse unas perrillas, como expedición de títulos de experto en economía, fontanería, paracaidismo, astrología, electricidad o lectura del futuro en las cacas de perros. Se monta una página web, se diseñan unos cursos teóricos tirando de wikipedia y se cobran unas sumas mínimas por la expedición de los títulos, lo que se puede acompañar de ingresos adicionales con adsense y otras publicidades de baratillo.

De todas formas, como dice mi mujer: "no tiremos demasiado de la manta del cantamañanismo, puede ocurrir que lleguemos demasiado lejos".


sábado, julio 10, 2010

La aventura de los godos; Juan Antonio Cebrián

Los españoles tenemos una curiosa relación emocional con algunas de las etapas de nuestro pasado. Ocurre, por ejemplo, que a nuestros estudiantes se les siguen contando en clase -con cierto tonillo de orgullo- las glorias de nuestro imperio, pero al mismo tiempo nos emociona conocer cómo una protoburguesía local le hizo frente a la monarquía que encarna ese mismo imperio. Vamos, que nos encanta que nos cuenten hitos históricos como la Batalla de San Quintín, donde las tropas de Felipe II se impusieron a los franceses, pero en la rebelión de los comuneros contra Carlos V, estamos, sin lugar a dudas, del lado de Padilla.

Nos ocurre también con los Reyes Católicos. Su boda y la unión de coronas subsiguiente es una de las bases esenciales de la España que hoy conocemos, y su guerra implacable contra el Reino Nazarí de Granada es un momento cumbre de nuestra historia. Sin embargo, muchos españoles al igual que vibran con las victorias castellanas, muestran cierta nostalgia de lo que supuso el Islam en nuestro país, por no mencionar las múltiples tendencias regionalistas que consideran que habría sido mejor evitar la unión de coronas (sin tener la más remota idea, por supuesto, de cuál habría sido el devenir de los acontecimientos sin esa unión).

Algo similar nos ocurre con la etapa visigoda. Los niños de los años 40 y 50 del siglo pasado sufrían de manera inmisericorde tratando de aprender de memoria la insufrible lista de los Reyes Godos. Después, alguien debió darse cuenta de que aquel método resultaba muy poco pedagógico y los godos prácticamente desaparecieron de nuestro sistema educativo. Todo lo más quedan como unos breves párrafos en los libros para hacer de puente entre la caída del Imperio Romano y la invasión de los árabes. Vamos, un oscuro paréntesis.

Por ello me ha resultado especialmente grato leer el libro La aventura de los godos, de Juan Antonio Cebrián. El libro tiene una estructura muy simple: un breve capítulo por cada rey godo, desde Alarico I, que saqueó Roma en el año 410, hasta Rodrigo, que perdió la vida en la Batalla de Guadalete, lo que supuso la desaparición del Reino Visigodo de Toledo. Cada capítulo está escrito de tal forma que puede ser leído de forma independiente, y son todos lo suficientemente amenos como para leerse la historia de los visigodos en dos o tres tardes.

Y así, leído de corrido, el lector puede apreciar algunos hechos fundamentales que ocurrieron en aquellos años y que han conformado, sin duda, la fisonomía de la historia de España. Me refiero a hechos tan significativos como la conversión de reino al catolicismo (hasta Recaredo los godos eran cristianos arrianos, mientras que la mayoría de la población hispanoromana era católica). Tal conversión tiene más miga que la simplemente religiosa. Hasta ese momento, los godos se mantenían como una superestructura política dominante sobre la población local. La conversión, que no estuvo exenta de antecedentes y consecuencias violentas (conspiraciones, asesinatos y guerras intestinas) debió estar también fundamentada en la necesidad de acercar, siquiera mínimamente, a la oligarquía y al pueblo gobernado.

Otro hecho esencial que se produce en aquella época es el sometimiento del poder político al religioso. Es en la época de los godos cuando se impone la costumbre y la norma de que los reyes sean sancionados en una ceremonia de coronación dirigida por los obispos. Tal sometimiento -desarrollado en diversos códigos de leyes y en sucesivos concilios- es un fenómeno buscado a conciencia por varios reyes, quienes sin duda asustados por la altísima mortalidad conspiratoria asociada al cargo (la mayoría de los reyes godos murieron víctimas de intrigas palaciegas y de traiciones), optaron por buscar la sanción eclesiástica como método de asentarse en el cargo. El método debería ser esencialmente una barrera para levantiscos aspirantes al trono, quienes sólo podrían iniciar la conspiración pertinente si estaban razonablemente seguros de que iban a obtener el apoyo de los obispos, cuyos cuadros estaban formados por personajes de las clases altas hispanorromanas y, sobre todo, de la aristocracia goda, por lo que todo quedaba realmente en casa.

Este fenómeno de sometimiento de lo político a lo religioso no es homogéneo en todos los reinos bárbaros surgidos tras la caída del Imperio Romano. Cierto que Carlomagno, el gran rey de los francos, fue coronado emperador por el Papa en la Navidad del año 800. Pero en realidad a Carlomagno tal suceso le sentó bastante mal, pues aparte de que fue coronado a traición mientras se arrodillaba para orar (en una treta bastante infantil, visto con la perspectiva de hoy en día) no consideraba que el Papa tuviese autoridad alguna para transmitirle a él la herencia del Imperio. Más bien sería al contrario.

Volviendo a los godos, tuvieron la precaución de establecer en sus códigos que los tonsurados no podían acceder a la corona. De ese modo, aunque sometían la corona a la religión, evitaban demasiada concentración de poder en unas únicas manos. Curiosamente, esta norma también le costó el cargo a uno de sus reyes, a Wamba, quien primero fue narcotizado por un grupo de conspiradores y luego tonsurado. Cuando despertó no tuvo más remedio que renunciar al cargo y retirarse a la vida monástica.

En fin, anécdotas aparte, creo que en España merecería la pena recuperar la memoria histórica de la estapa visigoda, no para aprender de forma absurda una larga lista de nombres extravagantes, sino para que todos podamos entender mejor nuestra propia historia y nuestra propia cultura. En un país en el que todavía se discute la presencia de símbolos religiosos en la ceremonia de juramento del cargo de los ministros, la herencia de los godos no es tan irrelevante como podría pensarse por el poco espacio que ocupan en los libros de historia.

viernes, junio 18, 2010

Los Comuneros, Joseph Pérez


Leer un libro con 20 años de retraso tiene su encanto. Los Comuneros, de Joseph Pérez, era una de las lecturas recomendadas y recomendables de mis últimos años de carrera. Pero en aquel entonces no tuve la suerte de leerlo. Hace poco, sin embargo, en una excursión Segovia, encontré esta obra en la tienda para turistas del Alcázar. No pude contenerme y la compré.

Joseph Pérez es un hispanista francés que publicó su tesis doctoral bajo el título La Revolución de las Comunidades de Castilla (1520-1521). La obra que yo he leído ahora no es la tesis doctoral, sino un libro que resume y actualiza su análisis sobre las causas, desarrollo y efectos de este intento revolucionario en la Castilla del S. XVI.

La rebelión de los Comuneros es, sin duda, un hito histórico esencial en la historia de España. No entro en el debate sobre si se trata de una tardía explosión social de estilo medieval o una prematura revuelta burguesa (casi preliberal) que es la tesis que sostiene Joseph Pérez. Pero lo que sí parece cierto es que el fracaso de esta revuelta condenó a la burguesía castellana, al menos a la burguesía más industrial -que no a la comercial asentada en burgos- a un segundo plano en la vida social y económica del país.

Destaco esta cita cerca del final del libro:
La derrota de Villalar, al desalentar para un largo plazo una oposición verdaderamente seria, consagró el triunfo de la monarquía; la aristocracia se refugió como antes en sus dominios y se dedicó a la defensa de sus intereses económicos: la marea señorial subirá durante todo el siglo XVI e incluso por más tiempo; la burguesía, dividida y vencida, continuó su tradición invirtiendo su dinero en tierras; sus hijos abandonaron los negocios para entrar en las universidades, en los cargos públicos, en las órdenes, cuando no eran tentados por la aventura colonial o militar -Iglesia o Mar o Casa Real-; el ideal de la renta se convirtió en la principal preocupación de una sociedad, junto al ansia de consideración social -afán de hidalguía- y la obsesión de la limpieza de sangre, valores que ponen de manifiesto el desconcierto de una sociedad cada vez más apartada de la realidad.

Al leer esto, uno se pregunta si gran parte de las desgracias de la historia de España, la falta de una clase social realmente emprendedora, el retraso en la incorporación de ideas liberales y modernas y el anclaje impenitente a valores del pasado, no comenzaron a fraguarse allá por 1521 en una batalla perdida en los campos de Castilla.

domingo, abril 25, 2010

Estampas de Alemania

La parada técnica obligatoria causada por las cenizas volcánicas ha tenido sus ventajas. Al menos pude darme algunos buenos paseos por Düsseldorf, una ciudad pequeña, pero atractiva, incluso hermosa, que da juego suficiente para un fin de semana.

Y como todas las ciudades, tiene sus peculiaridades, algunas muy curiosas.

Düsseldorf es una ciudad eminentemente cervecera. En Düsseldorf la gente va tomando cañas de un lado para otro en el compacto centro peatonal. Pero si a uno no le apetece caminar, no hay problema, es posible incluso que el bar venga hacia donde tú estás a fuerza de pedal.


Sí, lo que se ve en la foto es una cervecería ambulante en la que los clientes tienen la oportunidad de ir bajando la curvita de la la felicidad mientras se entrenan para el Tour de Francia.

Pero claro, tanta cerveza debe tener sus consecuencias. Sin duda para evitar que los sufridos ciudadanos descarguen sus vejigas en cualquier esquina, al ayuntamiento se le ha ocurrido instalar estos meódromos para hombres de cuando en cuando.

Estos son los únicos meódromos públicos gratuitos que se ven por la zona. La inmensa mayoría de los aseos que se ven por Alemania son de riguroso pago.

Un caso curioso lo pude ver en la carretera, en el camino de vuelta. En una de esas cafeterías de carretera que se pueden encontrar en cualquier autopista europea los aseos eran de pago -50 céntimos-, pero la maquinita de la entrada (en la foto) expedía un ticket descuento de idéntico valor que se podía canjear en la cafetería o en la tienda.

Es un sistema ingenioso, de esa forma se le presta el servicio gratuito a los clientes de verdad y se les cobra -para el mantenimiento y limpieza- a los viajeros que únicamente entran a echar una meadita.

En este mismo retrete encontré uno de esos prodigios de la ingeniería alemana que han convertido al país en la primera potencia europea. Observen este vídeo.



Por si no se entiende muy bien, lo explico. Al tirar de la cadena sale un receptáculo lleno de líquido desinfectante y la tabla va dando la vuelta solita para ser limpiada. Al final queda el asiento reluciente y listo para recibir otro egregio trasero.

Volviendo a lo que se puede hacer en Düsseldorf en una parada obligada por la vulcanología, si hace buen tiempo es recomendable un paseo en barco por el Rhin. Lo que no entiendo muy bien es cómo ganan dinero los que lo organizan. Por el módico precio de 12 euros te daban el paseo y las bebidas gratis. Yo estuve charlando con un empresario keniano de origen indio que también se había quedado atascado sin vuelo. En la animada charla a mí me dio tiempo a tomarme dos cervezas y un café, y a mi interlocutor tres cervezas. No sé, pero a 12 euros por persona no me salen las cuentas.

He aquí algunas fotos del paseo en barco:



Mientras yo disfrutaba del paseo por el Rhin las líneas aéreas comenzaron a realizar algunos vuelos de prueba, así que vimos cómo despegaba un avión del aeropuerto de Düsseldorf. Creo que nunca un avión despertó tanta expectación. Los muchos viajeros descolgados que estábamos en el barco nos quedamos todos mirando al cielo, como si aquel solitario pájaro de hierro significase que pronto íbamos a tener nuestra oportunidad de volver a casa. Y eso me recuerda un comentario que oí en el largo camino en autobús de vuelta a España: "se ve extraño el cielo de Europa sin aviones" comentó un viajero colombiano que estaba intentando llegar a Madrid para coger un vuelo de vuelta a América. Y es cierto. Se ve extraño, hasta el punto de que cuando en un cielo en el que ya no hay aviones aparece uno de pronto, todos dirigimos la vista al cielo.

Alemania tiene una infraestructura ferroviaria de ensueño, y eso incluye la tupida red de tranvías de Düsseldorf. Es una ciudad de unos 300.000 habitantes, pero al mismo tiempo es el centro de una zona urbana muy densamente poblada, con varios núcleos de población unidos unos a otros. Varias líneas de tranvías cruzan esta ciudad en todos los sentidos y la comunican con las ciudades del entorno y con la red ferroviaria principal. Una curiosidad, el domingo, en el trayecto hacia el centro de la ciudad en tranvía, conocí a un jovial americano de Delaware llamado John (sí, también estaba atascado por el volcán) y estuvimos charlando un rato. Él se dirigía a Colonia a pasar el día y yo al centro de Düsseldorf. Después de nuestros respectivos paseos volvimos a coincidir en el trayecto de vuelta, una casualidad notable. Es en esas charlas insustanciales en los transportes cuando uno se da cuenta de lo similares que son los problemas de todos nosotros, independientemente de la nacionalidad: controlar los gastos y llevar al día la limpieza de la ropa interior y las camisas se convierte en una prioridad absoluta cuando uno tiene que quedarse por fuerza más días de lo previsto en una ciudad cualquiera.

Un apunte para el final. El viaje de retorno por vía terrestre fue mayormente pesado: autobús de Düsseldorf a Frankfurt con parada en Colonia y no sé dónde más, espera en Frankfurt para coger allí otro autobús con dirección a Barcelona y luego, finalmente, tren de Barcelona a Madrid.

En el cambio de autobuses en Frankfurt hubo alguien que, sin duda, tuvo peor suerte que nadie y le puso la guinda a un viaje para olvidar. Observen esta solitaria maleta:


Cuando ya estábamos todos subidos al autobús para Barcelona, los conductores empezaron a preguntar si esa maleta era de alguno de los presentes. No lo era, de donde deduzco que se la dejaron en tierra en algún otro embarque y que algún viajero, quizá en Riga, o en Sarajevo, o en Roma, se encontrará al final de su trayecto con que no sólo un volcán islandés le hizo trizas los planes de viaje, sino que también descubrirá que no sólo las líneas aéreas pierden equipajes.

Este texto se lo dedico a los buenos viajeros que conocí en el trayecto: al jovial John, que me ayudó a manejarme con los tranvías, a Álvaro y Alfredo, que volvían en el mismo autobús que yo y cargando con las muestras de material para puertas y ventanas que habían ido a buscar a Düsseldorf, al empresario keniano, cuyo nombre no anoté, que espero que haya podido llegar pronto a casa para abrazar a su hijo de dos años, y a Andrei, un ruso afincado en Portugal que, después de llegar a Barcelona, todavía tenía que coger un tren para Gerona y allí un vuelo para Oporto.

domingo, abril 18, 2010

Marco Polo embarca en el Krakatoa Express

A causa de las cenizas del volcán de nombre impronunciable, mañana me embarco, cual moderno Marco Polo, en un Krakatoa Express: un autobús fletado por algún alma caritativa para distribuir a gente por toda Europa. Veintitantas horas de viaje y sólo para llegar a Barcelona. Luego me las tengo que apañar para llegar a Madrid.

En algún blog he leído un artículo sobre cómo sería nuestro mundo si no pudiésemos volver a volar. No, no creo que volvíesemos a una era de viajes lentos, como antaño, en románticos trenes y barcos trasatlánticos. Creo que todo el mundo se lo pensaría más antes de viajar y que, sin duda, veríamos por fin el despegue comercial de la videoconferencia.

He hecho unas cuantas fotos de Düsseldorf con el móvil y pensaba escribir un pequeño artículo sobre esta hermosa ciudad. Pero no puedo descargar las fotos por falta de cable adecuado. No, nunca tires la caja de los cables. Nunca sabes cuándo te va a hacer falta justo ese. El artículo sobre Düsseldorf esperará a la próxima semana.

viernes, abril 16, 2010

Atrapado por las cenizas

Pues sí, he aquí que estoy en Düsseldorf, una preciosa pero pequeña ciudad del norte de Alemania, atrapado por las cenizas de un volcán islandés cuyo nombre no soy capaz de recordar.

Un buen momento para resucitar el blog -por segunda vez-, aprovechando que la programación del Canal Andalucía que ponen por la tele es desde todo punto de vista "invisible".

El día, para olvidarlo. Intenté a primera hora encontrar una ruta en tren para volver a Madrid (son más de 1.700 kilómetros). No ha habido manera, las hordas de furibundos viajeros aéreos se me habían anticipado en media Europa y, aunque bien habría podido salir de Düsseldorf, era dudoso que llegase a París y del todo punto imposible encontrar un billete de París a Madrid (o a Barcelona). Algunos compañeros han tenido más suerte y han conseguido volver a sus lugares de origen cambiando varias veces de tren y, en algunos casos, atravesando varios países.

En el aeropuerto, curiosamente, reinaba una tranquilidad palpable. La resignación ante lo invevitable ha sido la tónica general. Eso sí, no me ha servido de nada porque mi vuelo está cancelado y no hay visos de que este fin de semana sea factible el regreso.

Y en el aeropuerto he podido ver también qué es lo que marca la diferencia entre unas líneas aéreas y otras. Había una inmensa cola ante el mostrador de Lufthansa, donde he pasado un par de horas. De cuando en cuando se acercaba el personal de tierra de la compañía con bebida y comida, incluso café, para hacer la espera, si bien no menos aburrida, al menos no tan hambrienta. Intuyo que en las líneas de bajo coste, de comida "nein de nein".

Mañana me acercaré otra vez por la estación de tren, a ver si encuentran una ruta milagrosa o algo.