viernes, junio 18, 2010

Los Comuneros, Joseph Pérez


Leer un libro con 20 años de retraso tiene su encanto. Los Comuneros, de Joseph Pérez, era una de las lecturas recomendadas y recomendables de mis últimos años de carrera. Pero en aquel entonces no tuve la suerte de leerlo. Hace poco, sin embargo, en una excursión Segovia, encontré esta obra en la tienda para turistas del Alcázar. No pude contenerme y la compré.

Joseph Pérez es un hispanista francés que publicó su tesis doctoral bajo el título La Revolución de las Comunidades de Castilla (1520-1521). La obra que yo he leído ahora no es la tesis doctoral, sino un libro que resume y actualiza su análisis sobre las causas, desarrollo y efectos de este intento revolucionario en la Castilla del S. XVI.

La rebelión de los Comuneros es, sin duda, un hito histórico esencial en la historia de España. No entro en el debate sobre si se trata de una tardía explosión social de estilo medieval o una prematura revuelta burguesa (casi preliberal) que es la tesis que sostiene Joseph Pérez. Pero lo que sí parece cierto es que el fracaso de esta revuelta condenó a la burguesía castellana, al menos a la burguesía más industrial -que no a la comercial asentada en burgos- a un segundo plano en la vida social y económica del país.

Destaco esta cita cerca del final del libro:
La derrota de Villalar, al desalentar para un largo plazo una oposición verdaderamente seria, consagró el triunfo de la monarquía; la aristocracia se refugió como antes en sus dominios y se dedicó a la defensa de sus intereses económicos: la marea señorial subirá durante todo el siglo XVI e incluso por más tiempo; la burguesía, dividida y vencida, continuó su tradición invirtiendo su dinero en tierras; sus hijos abandonaron los negocios para entrar en las universidades, en los cargos públicos, en las órdenes, cuando no eran tentados por la aventura colonial o militar -Iglesia o Mar o Casa Real-; el ideal de la renta se convirtió en la principal preocupación de una sociedad, junto al ansia de consideración social -afán de hidalguía- y la obsesión de la limpieza de sangre, valores que ponen de manifiesto el desconcierto de una sociedad cada vez más apartada de la realidad.

Al leer esto, uno se pregunta si gran parte de las desgracias de la historia de España, la falta de una clase social realmente emprendedora, el retraso en la incorporación de ideas liberales y modernas y el anclaje impenitente a valores del pasado, no comenzaron a fraguarse allá por 1521 en una batalla perdida en los campos de Castilla.