sábado, julio 10, 2010

La aventura de los godos; Juan Antonio Cebrián

Los españoles tenemos una curiosa relación emocional con algunas de las etapas de nuestro pasado. Ocurre, por ejemplo, que a nuestros estudiantes se les siguen contando en clase -con cierto tonillo de orgullo- las glorias de nuestro imperio, pero al mismo tiempo nos emociona conocer cómo una protoburguesía local le hizo frente a la monarquía que encarna ese mismo imperio. Vamos, que nos encanta que nos cuenten hitos históricos como la Batalla de San Quintín, donde las tropas de Felipe II se impusieron a los franceses, pero en la rebelión de los comuneros contra Carlos V, estamos, sin lugar a dudas, del lado de Padilla.

Nos ocurre también con los Reyes Católicos. Su boda y la unión de coronas subsiguiente es una de las bases esenciales de la España que hoy conocemos, y su guerra implacable contra el Reino Nazarí de Granada es un momento cumbre de nuestra historia. Sin embargo, muchos españoles al igual que vibran con las victorias castellanas, muestran cierta nostalgia de lo que supuso el Islam en nuestro país, por no mencionar las múltiples tendencias regionalistas que consideran que habría sido mejor evitar la unión de coronas (sin tener la más remota idea, por supuesto, de cuál habría sido el devenir de los acontecimientos sin esa unión).

Algo similar nos ocurre con la etapa visigoda. Los niños de los años 40 y 50 del siglo pasado sufrían de manera inmisericorde tratando de aprender de memoria la insufrible lista de los Reyes Godos. Después, alguien debió darse cuenta de que aquel método resultaba muy poco pedagógico y los godos prácticamente desaparecieron de nuestro sistema educativo. Todo lo más quedan como unos breves párrafos en los libros para hacer de puente entre la caída del Imperio Romano y la invasión de los árabes. Vamos, un oscuro paréntesis.

Por ello me ha resultado especialmente grato leer el libro La aventura de los godos, de Juan Antonio Cebrián. El libro tiene una estructura muy simple: un breve capítulo por cada rey godo, desde Alarico I, que saqueó Roma en el año 410, hasta Rodrigo, que perdió la vida en la Batalla de Guadalete, lo que supuso la desaparición del Reino Visigodo de Toledo. Cada capítulo está escrito de tal forma que puede ser leído de forma independiente, y son todos lo suficientemente amenos como para leerse la historia de los visigodos en dos o tres tardes.

Y así, leído de corrido, el lector puede apreciar algunos hechos fundamentales que ocurrieron en aquellos años y que han conformado, sin duda, la fisonomía de la historia de España. Me refiero a hechos tan significativos como la conversión de reino al catolicismo (hasta Recaredo los godos eran cristianos arrianos, mientras que la mayoría de la población hispanoromana era católica). Tal conversión tiene más miga que la simplemente religiosa. Hasta ese momento, los godos se mantenían como una superestructura política dominante sobre la población local. La conversión, que no estuvo exenta de antecedentes y consecuencias violentas (conspiraciones, asesinatos y guerras intestinas) debió estar también fundamentada en la necesidad de acercar, siquiera mínimamente, a la oligarquía y al pueblo gobernado.

Otro hecho esencial que se produce en aquella época es el sometimiento del poder político al religioso. Es en la época de los godos cuando se impone la costumbre y la norma de que los reyes sean sancionados en una ceremonia de coronación dirigida por los obispos. Tal sometimiento -desarrollado en diversos códigos de leyes y en sucesivos concilios- es un fenómeno buscado a conciencia por varios reyes, quienes sin duda asustados por la altísima mortalidad conspiratoria asociada al cargo (la mayoría de los reyes godos murieron víctimas de intrigas palaciegas y de traiciones), optaron por buscar la sanción eclesiástica como método de asentarse en el cargo. El método debería ser esencialmente una barrera para levantiscos aspirantes al trono, quienes sólo podrían iniciar la conspiración pertinente si estaban razonablemente seguros de que iban a obtener el apoyo de los obispos, cuyos cuadros estaban formados por personajes de las clases altas hispanorromanas y, sobre todo, de la aristocracia goda, por lo que todo quedaba realmente en casa.

Este fenómeno de sometimiento de lo político a lo religioso no es homogéneo en todos los reinos bárbaros surgidos tras la caída del Imperio Romano. Cierto que Carlomagno, el gran rey de los francos, fue coronado emperador por el Papa en la Navidad del año 800. Pero en realidad a Carlomagno tal suceso le sentó bastante mal, pues aparte de que fue coronado a traición mientras se arrodillaba para orar (en una treta bastante infantil, visto con la perspectiva de hoy en día) no consideraba que el Papa tuviese autoridad alguna para transmitirle a él la herencia del Imperio. Más bien sería al contrario.

Volviendo a los godos, tuvieron la precaución de establecer en sus códigos que los tonsurados no podían acceder a la corona. De ese modo, aunque sometían la corona a la religión, evitaban demasiada concentración de poder en unas únicas manos. Curiosamente, esta norma también le costó el cargo a uno de sus reyes, a Wamba, quien primero fue narcotizado por un grupo de conspiradores y luego tonsurado. Cuando despertó no tuvo más remedio que renunciar al cargo y retirarse a la vida monástica.

En fin, anécdotas aparte, creo que en España merecería la pena recuperar la memoria histórica de la estapa visigoda, no para aprender de forma absurda una larga lista de nombres extravagantes, sino para que todos podamos entender mejor nuestra propia historia y nuestra propia cultura. En un país en el que todavía se discute la presencia de símbolos religiosos en la ceremonia de juramento del cargo de los ministros, la herencia de los godos no es tan irrelevante como podría pensarse por el poco espacio que ocupan en los libros de historia.

1 comentario:

Evencio dijo...

Me has convencido, lo voy a leer. Un abrazo, Evencio.