domingo, febrero 12, 2012

Pasando fatigas; Mark Twain

Cuando sea mayor quiero ser como Mark Twain. Por un lado, me hace mucha ilusión tener una alborotada melena blanca y un bigotón a juego (es probable que mi lamentable situación capilar actual sea premonitoria en este sentido y que lo de la melena se quede en un sueño incumplido, como los propósitos de Año Nuevo). Por otra parte, y esto es lo fundamental, se trata de uno de los escritores que más admiro y cuya forma de escribir considero aleccionadora para mi profesión.

Desparpajo. Yo creo que esa es la palabra que mejor define la obra de Mark Twain. Sus textos son frescos, irónicos, ligeros, naturales, simpáticos... es capaz de aprovechar cada rincón para soltar, con sorprendente naturalidad, un dardo emponzoñado que arranca la sonrisa del lector al imaginar éste o aquél personaje enfrentado a la cítrica mirada del irreverente escritor.

Pasando fatigas es un relato autobiográfico de Mark Twain, en el que el padre de la literatura norteamericana arremete, con su tradicional estilo, con toda la gama de personajes que pululaban de Este a Oeste de Estados Unidos en la época de la Fiebre del Oro. Y el relato, la verdad, no tiene desperdicio. Mark Twain se embarca en una aventura de varios años de duración que incluye un esplendoroso viaje en diligencia recostado sobre sacas de correo, sus propios intentos de hacerse rico con la minería del oro y la plata, su patética aproximación a la monta de caballos, los vaivenes de la política local en las localidades en las que tiene a bien asentar sus reales, su aterrizaje en la profesión periodística (con la que descubre su vocación de escritor y contador de historias),  y un largo etcétera. Todo ello aderezado con una aguda visión de la grotesca realidad que le rodeaba, descrita de forma implacable con su pluma mordaz.

Uno de los pasajes que más me ha llamado la atención es la descripción sobre cómo se estafaba a los incautos vendiendo participaciones en minas que no producían ni para pagar un sueldo. El sistema consistía básicamente en sacar de la mina un trozo de mineral con partes de oro o plata (se ponía buen cuidado en seleccionar un trozo con un porcentaje elevado del noble metal) y presentarse en una "oficina certificadora" que establecía la proporción de oro por tonelada -y por tanto la hipotética rentabilidad de la mina-; con ese certificado, se vendían participaciones a inversores a quienes se les exigía que aportasen sus dineros para comprar herramientas y mantener la explotación en marcha. Al incauto inversor se le iba pidiendo dinero hasta que se agotaba (su dinero o su paciencia, lo que se acabase antes), y cuando se largaba, desmoralizado por la ruina en la que se encontraba, simplemente dejaba el sitio libre para otro pardillo.

Ni que decir tiene que el pardillo, para salir más o menos indemne de la situación, siempre tenía la posibilidad de revender sus participaciones a precios infladísimos al siguiente aventurero inocente que pasara por allí.

No sé por qué, pero esta metodología de trabajo, que hinchaba artificialmente el valor de suelos irrelevantes y de los títulos de propiedad, me resulta vagamente familiar.

Para terminar, he de hacer una advertencia. He dicho que se trata de un relato autobiográfico, y es cierto. Pero no es menos cierto que se trata de una obra escrita por un autor que no duda en reconocer que, en sus años mozos como periodista (descritos al final del libro), se inventaba los reportajes cuando no se encontraba a mano noticia alguna.

Por lo tanto, cualquiera que quiera acercarse a la lectura de esta muy recomendable obra, no debe dudar en tomarla toda por cierta hasta sus más descabellados detalles, puesto que está contada con profusión de información y testimonios de testigos fiables. O quizá no.