domingo, mayo 06, 2012

La Gran Armada, Colin Martin y Geoffrey Parker

Cuestión de cañones, fundamentalmente. Esa es la conclusión, casi inevitable, a la que se llega tras la lectura La Gran Armada, un libro producido al alimón por el arqueólogo submarino Colin Martin y el famoso hispanista británico Geoffrey Parker, y que relata, con buen lujo de detalles, la famosa expedición fracasada de Felipe II contra la Inglaterra de Isabel I.

Y no se trata tanto del número de cañones, sino de su estado, su disposición en los barcos, su calidad y, sobre todo, la diferente técnica de uso que hacía la marina española de aquel entonces frente a la británica.

Introduzcamos primero algunos matices. Hablar de marina española o británica en el Siglo XVI es poco menos que temerario. Si bien, en el caso del imperio español, sí se puede hablar de algo parecido a una marina organizada (aunque sus mandos no eran nada profesionales, sino simplemente designados por su relevancia entre la nobleza y en la corte), en el caso británico, más bien se trataba de comisiones encargadas a nobles y marinos profesionales que armaban sus propios barcos para la batalla sin esperar más pago que la posibilidad de quedarse con algún barco enemigo de botín.

Una vez aclarado esto, también hay que matizar que la expedición de la mal llamada Armada Invencible nunca pretendió ser simplemente una operación naval. El objetivo de la Gran Armada (lo de invencible fue un chascarrillo que se inventaron los británicos a posteriori) era recoger las tropas acantonadas en Flandes e invadir Inglaterra. Al fracasar en el intento de embarcar las tropas, la Armada no tuvo otra opción que pasar de largo y tratar de volver a España dando la vuelta a las islas británicas, produciéndose innumerables naufragios en las cosas de Escocia e Irlanda. Esos naufragios fueron lo que dejó a la Armada fuera de combate y prácticamente aniquilada.

Pero volvamos a los cañones. Realmente no se produjo un enfrentamiento naval de consideración, y mientras la Armada mantuvo su formación, los británicos no obtuvieron más que algunas victorias parciales contra barcos o grupos de barcos que se iban quedando aislados. Pero eso sí, en cualquiera de esos enfrenteamientos los británicos llevaron las de ganar ¿por qué?, pues básicamente por los cañones y sus cureñas. Hasta ese momento, la técnica de combate naval imperante era la de hacer una descarga de tiros de cañón para acto seguido abordar las naves enemigas -esa fue la técnica de la Batalla de Lepanto, por ejemplo-. Para hacer esto, bastaba con tener los cañones cargados al principio, puesto que sólo se disparaban una vez. Y para tal uso estaban dispuestos los cañones en los barcos españoles (sin espacio para la maniobra de retroceso, recarga y recolocación para el disparo).

Los británicos, sin embargo, inauguraron en este encuentro una nueva forma de combatir. Los barcos se mantenían a distancia y se cañoneaba una y otra vez al enemigo. Para ello, el diseño de las cureñas para facilitar un retroceso controlado y los espacios de maniobra de los cañones, amén de contar con munición estandarizada para las piezas, cobra especial importancia. Y eso es, básicamente, lo que motivó la superioridad naval de los británicos mientras los españoles se afanaban en proseguir una penosa marcha por el Canal hacia un encuentro, que nunca se produjo, con las tropas acantonadas en Flandes.

El relato de Geoffrey Parker y Collin Martin desgrana este asunto de los cañones y otros problemas técnicos de las respectivas fuerzas en combate. También profundiza en los antecedentes de la batalla, las condiciones de Europa en el S. XVI, la forma en cómo se produjeron los acantonamientos de tropas, el avituallamiento, el armamento... y también se adentra en la fase posterior al enfrentamiento, cuando estuvo claro que sería imposible para el imperio español someter a la Inglaterra de Isabel I, que empezó a desarrollar su propia capacidad naval (fundamentada, sobre todo, en la labor de los corsarios).


Me guardo un detalle anecdótico para el final. Cuenta este libro que, una vez terminadas las aventuras navales en aquellos años, la mayor parte de los marinos quedaban abandonados a su suerte. En el caso de Isabel I, el abandono fue total, y fueron los capitanes de los buques involucrados en el conflicto los que se encargaron de recompensar a sus marinos haciendo uso del botín capturado (cuando lo había). En el caso de Felipe II, la situación fue radicalmente distinta. El controvertido monarca español ordenó pagar las soldadas atrasadas y estableció pensiones para los marinos y soldados heridos. No deja de ser un detalle que habla del profundo sentido del Estado que probablemente tenía Felipe II.

Pongo este libro, sin duda, en la lista de las lecturas recomendables.

La leyenda negra, Joseph Pérez

Todos los países tiene su propia leyenda negra. Se trata de oscuras historias del pasado, generalmente relacionadas con glorias imperiales y coloniales que se entremezclan con pasajes tenebrosos de prepotencia, abusos de poder y violencia.

Lo que es difícil de discernir es dónde está la historia real y dónde empieza lo que no es más que leyenda (originada normalmente como un fenómeno de propaganda consciente contra la potencia imperial).

En el caso del imperio español, la leyenda negra tiene un origen muy concreto: las guerras imperiales de la Casa de Austria en Flandes. Durante aquel largo conflicto, y de forma consciente, la Casa de Orange elaboró documentación propagandística contra Felipe II en la que se recogían las miserias intelectuales y políticas del  imperio. Esa leyenda, además, adopta una forma muy determinada enfocándose en tres aspectos clave: la intransigencia intelectual e ideológica de Felipe II, la Inquisición y la matanza de indios en América.

Lo que el reputado hispanista francés Joseph Pérez intenta (y consigue) en La leyenda negra es, precisamente, incorporar a la historia los matices necesarios como para que se entienda todo en su contexto. Es decir, separar hechos ciertos de puros mitos y contextualizar los hechos reales en el momento histórico correspondiente, de forma que la fuerte corriente de opinión antiespañola de los siglos XVI y XVII, principalmente, se interprete de forma correcta y no se tome al pie de la letra como un relato de hechos incontestables. En suma, barbaridades en América y en otros territorios las hubo, a espuertas, y nadie puede acusar a Felipe II de ser un liberal. Tampoco se puede interpretar la Inquisición como un club de amigos bienpensantes. Pero en el entorno de aquellos años, la forma de pensar de Felipe II no difiere sustancialmente de la de sus contemporáneos, ni la Inquisición española es una institución tan extraordinaria (había otra Inquisición, la papal, que se dedicó en cuerpo y alma a la quema de brujas y cuyos restos -ahora sin quemar a nadie- perduran en las instituciones vaticanas de hoy en día).

Por lo que se refiere a las barbaridades coloniales, sin quitarle un ápice de brutalidad, Joseph Pérez destaca que las primeras denuncias se produjeron en la propia España, por parte de Bartolomé de las Casas. Y yo me permito añadir que, por desgracia, la historia imperial de los diferentes países europeos está repleta de acontecimientos lamentables, por lo que todos los países que han "gozado" de un pasado imperial, quizá deban hacer primero un ejercicio de introspección para discernir si realmente lo oportuno es alzar un dedo acusador (y sólo uno).

Hay una comparación que Jospeh Pérez utiliza con acierto dos o tres veces en el ensayo, y que yo creo que sirve muy bien para ilustrar la realidad de la imagen que proyecta una potencia imperial. La leyenda negra española no es más que un fenómeno muy similar a la imagen negativa que de Estados Unidos se tiene hoy en día en muchos países. Ser la potencia dominante coloca a cualquier país, sin duda, en el punto de mira de la crítica y de la opinión pública.*

En resumen, recomiendo vívidamente la lectura de este libro.

*Como especialista en comunicación siempre me ha llamado la atención este fenómeno, que también ocurre en el ámbito empresarial. Cuanto más poderosa es una organización, mayores recursos puede dedicar a actividades de comunicación, propaganda, promoción, etcétera. Sin embargo, en muchas ocasiones ese esfuerzo de comunicación es compensado de forma negativa por corrientes de opinión que atacan a esa organización (con fundamento o sin él), simplemente porque está en el punto de mira a causa de su tamaño y poder relativo frente a sus pares. Otras organizaciones menores, sin embargo, caen mucho más simpáticas, sin que su actuación pueda considerarse realmente diferente a la de la organización dominante.

En mares salvajes, Javier Reverte

Ya he comentado en ocasiones anteriores lo atractivo que me resulta leer sobre los viajes del periodista y escritor Javier Reverte. Sus viajes tienen la gracia de ser realizables. Basta con hacer una mínima planificación y contar con algo de presupuesto.

En este caso, Reverte nos lleva a dar un largo paseo por el Paso del Noroeste, una esquiva ruta marítima al Norte de Estados Unidos y Canadá cuyos intentos de exploración y apertura se cobraron la vida de cientos de marinos en diversas expediciones a lo largo de los siglos XVIII y XIX. En mares salvajes aprovecha que el descenso de los volúmenes de hielo en el Ártico hacen ahora posibles rutas turísticas en barco por aquellos lares. Reverte se embarca en uno de estos trayectos y aprovecha para contarnos, con su técnica habitual (intercalar el relato de su propio viaje con los relatos de documentación sobre las gestas del pasado y la situación actual de los territorios que recorre) algunas historias fascinantes. Entre ellas destacan los relatos sobre personajes tan atractivos como John Ross (no confundir con James, John exploró el Ártico y James la Antártida), John Franklin o Roald Amunden (a quien se atribuye, entre otras azañas, el haber conseguido finalmente recorrer el Paso del Noroeste).

Entre todas estas historias, la más espeluznante y novelesca es la de Franklin, sobre la que se ha escrito mucho, incluso en términos de novelas fantásticas.

En todo caso, para los aventureros de salón, como soy yo, En mares salvajes es una obra perfectamente recomendable.

La gran aventura de los griegos, Javier Negrete

Reconozco que con la edad se me va haciendo difícil retener en la memoria muchos detalles de la historia. Cuando voy leyendo, poco a poco, capítulos y episodios del pasado, me ocurre con frecuencia que acabo mezclando acontecimientos, personajes y fechas. Por ese motivo, para evitar la confusión, desde hacía tiempo andaba buscando un libro que contase, de una forma ligera y atractiva, la historia de la antigua Grecia, desde los orígenes de su cultura hasta la dominación romana.

La gran aventura de los Griegos, de Javier Negrete, cumple sobradamente este requisito y nos presenta, de manera amena, una historia global de la Grecia antigua. Javier Negrete es, si no recuerdo mal, autor de algunas notables novelas históricas, como Salamina. Además, es profesor de griego en un instituto. Este libro, de hecho, refleja tanto las virtudes como los defectos que se podrían encontrar en un docente acostumbrado a tratar con estudiantes jóvenes. Entre los puntos positivos hay que destacar que la exposición es clara y didáctica, amén de interesante y entretenida. Entre los (pocos) puntos negativos, no sé a cuento de qué el autor introduce alguna que otra anécdota personal en el relato -imagino que esto es deformación profesional por la necesidad de mantener despiertos a los adolescentes- como una historia de la mili sobre unas maniobras nocturnas para ilustrar lo complicado que debió resultar para los griegos orientarse en una retirada estratégica previa a la Batalla de Platea, si no recuerdo mal.

De todas formas, esas pequeñas cosillas son perfectamente perdonables en una obra que cumple con sus objetivos de forma sobrada. Si usted tiene, como tengo yo, la necesidad de encontrar en un sólo libro un relato coherente sobre la Grecia antigua, éste es un libro idóneo para empezar.