lunes, mayo 27, 2013

Diario de Hiroshima de un médico japonés

Anteriormente ya he citado en este blog el libro Diario de Hiroshima de un médico japonés. Es una obra deliciosa, carente de todo rencor, en la que se describe el día a día en un hospital de Hiroshima desde la explosión de la bomba atómica hasta que la ciudad comienza a recuperar el pulso.

El testimonio de este médico es íntimo. Son descripciones que se detienen en los pequeños detalles de la vida cotidiana, y en el esfuerzo por recuperarse del desastre.

Me he atrevido ahora a locutar el comienzo del libro. La música es elección de mi mujer, Vicky Oliva. Creo que ha quedado muy bien. ¡Que lo disfruten!


jueves, mayo 16, 2013

Sobre "pongos", "iyaques" y "paraquecos"

Tras una detallada observación de la multitud de objetos inverosímiles que se pueden llegar a acumular en el curso de media vida, me coloco el uniforme analítico y establezco una clasificación de los mismos, en la espera de que dicha clasificación pueda ser de utilidad para generaciones futuras.

Los objetos se clasifican en tres categorías:

1) Pongos: esta es una vieja categoría. Dícese de todos aquellos objetos de regalo -a menudo de dudoso gusto- que según se reciben se hacen merecedores de la exclamación retórica "¿dónde lo pongo?". La mayor parte de los pongos acaban siendo acumulados en cajas en el trastero tras un breve paso por estanterías y mesas en el hogar.

2) Iyaques: dícese de todos aquellos objetos que se han adquirido únicamente para acompañar una adquisición anterior: "Y ya que le hemos comprado una bici al niño, ¿por qué no le compramos también unos patines?" La máxima expresión de los iyaques (perdón por la i latina, pero dos "y" seguidas se leen mal) no está, sin embargo, en el mundo de los objetos, sino de los servicios de reforma del hogar: "Y ya que nos metemos a arreglar la cocina ¿por qué no cambiamos también los baños?". Los iyaques son la máxima expresión del gasto por el gasto. Referido a objetos, efectivamente, también acaban muchos en cajas en el trastero.

3) Paraquecos: dícese de todos aquellos objetos que se compraron por impulso emotivo -que no racional- normalmente en el transcurso de un viaje (y preferentemente en un mercadillo de artesanía local). En su lugar de origen, los paraquecos se mostraban pletóricos de belleza y armonía. Sin embargo, nada más abrir la maleta de vuelta al hogar (y a veces al hacer la maleta antes de volver), los paraquecos provocan una abrupta expresión del tipo: ¿Para qué cojones me habré comprado yo esto? Por si tienen alguna duda, los paraquecos también suelen acumularse en cajas en el trastero.

Esta clasificación no es inmutable y muchos objetos pueden pasar de una categoría a otra en el transcurso de los años. Por ejemplo, anda por casa un viejo sifón color verde botella comprado en un mercadillo de San Telmo, Buenos Aires, que comenzó siendo un iyaque (y ya que estábamos por allí comprando otras cosillas, ¿por qué no un típico sifón argentino?), rápidamente adquirió la categoría de pongo y estuvo expuesto en un estante de la cocina durante algún tiempo. Ahora, cada vez que lo veo, lo clasifico sin duda en la categoría de paraqueco.

¡Ala!, entreténganse clasificando los objetos del hogar.

viernes, mayo 03, 2013

Memorias de Adriano, ejercicio de locución con música

Os dejo con un bello fragmento de la obra Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar. De nuevo es un ejercicio de lectura directamente sobre la música, lo cual ayuda a mantener un ritmo adecuado, pero dificulta la tarea porque hay que hacerlo todo de un tirón.

Es un texto sobre la muerte. O mejor dicho, sobre la clara conciencia de que la muerte se avecina. Nada que ver con ninguna situación real, simplemente me ha parecido un fragmento de prosa muy bello y muy adecuado para este tipo de ejercicio.

Confieso que, con la alergia primaveral que me ataca la garganta y me tapona la nariz, tuve algunos problemas para llegar al final de algunas frases. Espero que no se note demasiado.


miércoles, mayo 01, 2013

El oficial al mando está condenado a estar solo

Me viene a la memoria, así de pronto, una frase de una antigua película bélica. No recuerdo el título de la película, ni siquiera me acuerdo de a qué guerra se refería, pero la frase (o al menos la idea central de la frase, que no las palabras textuales) se me quedó grabada en la memoria:

"El oficial al mando está condenado a estar solo"

No es un tema particularmente original (hay docenas de escritos sobre liderazgo y soledad), pero creo que es una afirmación cargada de razón. Y no sólo es aplicable  a los oficiales en tiempo de guerra, sino también a los líderes de todo tipo que ejercen su función en las organizaciones. Ni siquiera es estrictamente necesario ser "el oficial al mando", basta con tener un área de responsabilidad en la que se tomen decisiones (de importancia relativa, incluso), para apreciar el valor de la frase en todo su esplendor.

Por más que se esmere en asesorarse y arropar una decisión con las aportaciones de los compañeros, jefes y empleados, llegará siempre el momento en el que el lider deberá adoptar una postura, tomar una decisión y afrontar todas las consecuencias -buenas, malas o regulares- que dicha decisión lleve aparejadas. Por supuesto, las consecuencias no serán unidireccionales. En las decisiones complejas, los resultados tienen muchos ángulos diferentes, que no siempre son medibles en una hoja de Excel o presentables en un PowerPoint.

El problema esencial es que es relativamente sencillo parapetarse en los datos numéricos para tomar la decisión, pero la cosa se complica cuando el líder sabe apreciar que dicha decisión no sólo ofrecerá resultados tangibles, sino también otros intangibles cuyo efecto se verá a medio o largo plazo. Y la cosa se complica todavía más si el líder se hace consciente de que sus decisiones afectan no sólo a los resultados que su organización espera de él, sino que también afectan a la vida de personas, con nombres y apellidos, con las que se tiene o se puede llegar a tener una vinculación emocional.

Ambas cosas: los resultados esperados y la cuestión emocional, no son contradictorias en absoluto. Arrebujarse bajo el manto protector de la hoja de Excel es siempre muy tentador, pero es casi seguro que, si se descuidan los demás factores y se toma una decisión basada únicamente en esos datos, los resultados finales no cuadrarán con lo que se anotó, meses atrás, en un frío documento. Casi podría apostar por ello.

Entre los diferentes modelos de gestión que he conocido o con los que he tenido contacto, me ha llamado siempre la atención una peculiaridad de las empresas chinas, que conozco relativamente bien gracias a tres años muy productivos en Huawei. Los chinos presumen de que en sus empresas las decisiones se toman por consenso.

Esto no quiere decir que no haya jefes y líderes. Por supuesto que los hay. Pero lo que sí es cierto, y lo he vivido, es que para tomar una decisión en una empresa china, siempre se busca que esté muy consensuada a lo largo y ancho de toda la organización. Los procesos de decisión suben y bajan por la escala jerárquica hasta que prácticamente todo el mundo está de acuerdo (y no sólo jefes). El sistema es relativamente lento y torpe en ocasiones, pero ofrece una ventaja incuestionable: una vez tomada una decisión está arropada por todos, para bien y para mal, y es una decisión corporativa, no individual.

Un apunte para el final. Si estas tribulaciones son relevantes a la microescala en la que nos movemos la mayor parte de los directores y gestores de empresas, no quiero ni imaginar lo que debía pasar por la cabeza de los grandes líderes de la historia -los Alejandro Magno, Ghandi, Rommel, Patton, Eisenhower...- cuando tomaban decisiones drásticas, como enviar a cientos de civiles a resistir de forma pacífica ante el ejército británico en la India (Gandhi), ordenar el desembarco de miles de hombres en unas playas blindadas en Normandía (Eisenhower) o iniciar una batalla de desgaste en Verdún amparándose en el frío dato de que la población alemana era mayor que la francesa y así acabarían ganando la guerra. ¿O quizá no pensaban en ello?