jueves, noviembre 21, 2013

Nostalgia de las nubes. Mi tributo personal a Filipinas

Pag-Asa significa "esperanza" en tagalo. También es el nombre del primer ejemplar de águila filipina que nació en cautividad el 15 de enero de 1992. Lo sé porque un par de años después de su nacimiento estuve en Davao, capital de isla de Mindanao, y visité el centro de recuperación del águila filipina, un hermoso y noble animal en grave peligro de extinción. Allí ví a Pag-Asa y a otros ejemplares que los responsables del centro cuidaban con esmerado mimo.


De aquella visita a Mindanao se agolpan en mi recuerdo las imágenes del pequeño resort de vacaciones al que fuimos a pasar un fin de semana (en una isla cercana), donde las habitaciones eran palafitos construidos sobre la línea costera y los empleados nos llevaban los cóckteles de mango y coco hasta la orilla del mar. También recuerdo la entrevista con el alcalde de Davao, en el lobby de un hotel, sin quitarse en ningún momento sus gafas de espejo (a pesar de que era ya de noche) y con su chaleco vaquero con los hombros de borreguito. Y recuerdo cómo nos contaba que el terrorismo del Frente Moro de Liberación Islámica no era más que una política de injerencia deliberada por parte Indonesia. Es un conflicto que aún no está resuelto.

Tengo hermosos recuerdos de la caótica Manila. De los jeepneys (jeeps tuneados que se usan en el transporte público). De nuestro chófer, Eli, que conocía la ubicación de todas las empresas importantes del país. De los magníficos restaurantes de todas las nacionalidades (creo que Manila es uno de los mejores sitios del mundo para los amantes de la buena mesa) y del aroma de la cerveza San Miguel fresca. No es la misma cerveza que aquí, aunque el origen creo que es común, es la San Miguel de San Miguel Corporation, una de las empresas más grandes del sudeste asiático controlada por la poderosa familia Soriano. Recuerdo, por cierto, la entrevista con uno de los Soriano, familia de origen español, con pasaporte estadounidense, afincada en Filipinas y que enviaba a sus vástagos a estudiar a Deusto.

Recuerdo un restaurante inspirado en El Hobbit, donde todos los camareros eran enanos. Y otro en el que los camareros cantaban ópera para amenizar la velada entre plato y plato (amablemente cantaron el Va Pensiero a petición mía). Y hablando de cantar, recuerdo también lo que decía una periodista de Singapur con la que hicimos amistad, que nunca quería irse de Filipinas porque "es el único país de Asia donde la gente canta". ¡Qué hermosas voces se oían en los locales de copas cuando algún cliente agarraba el micrófono y entonaba alguna pieza de moda! ¡Y qué hermosas excursiones hicimos con nuestras amistades, a pasar fines de semana con periodistas, pintores, artistas y músicos!

En Manila tuve la oportunidad de ver algunos espectáculos fascinantes, como una obra de danza que trataba de recuperar elementos de los ritmos y estética de las aldeas de pescadores y las culturas primitivas de la zona. También recuerdo otro espectáculo mucho más tosco: nos invitaron a la final o semifinal del concurso de Miss Universo. Y fuimos.

En la boca de la bahía de Manila se encuentra la isla de Corregidor, donde los recorridos turísticos -asociados a la Segunda Guerra Mundial- se dividen en dos grupos: el recorrido para los japoneses y el recorrido para los demás. La isla está dividida en dos partes por un macizo montañoso, y la montaña está cruzada por un túnel, Malinta Tunnel, escenario de crueles batallas durante la guerra. Allí los últimos resistentes japoneses se autoinmolaron haciendo saltar el tunel por los aires. Aún veo en mi memoria los cañones (hoy son monumentos) que nos enseñaban en el recorrido y cuya función había sido tratar de proteger, en vano, la entrada de la bahía.

A mi recuerdo vienen también algunas de las entrevistas más entretenidas de mi etapa de periodista, como la que hicimos a la presidenta de la empresa estatal que gestionaba los casinos, una educada señora que se afanaba en explicarnos que no había conflicto alguno por promover el juego en un país católico. Que así lo había dicho en público el Arzobispo de Manila. Y también recuerdo la entrevista al presidente del United Coconut Planters Bank. La recuerdo por dos motivos, porque fue uno de los despachos más lujosos que he visto en mi vida y porque la cinta de la grabación recogió no sólo la entrevista, sino también una música de fondo que aún hoy no sé de donde salió (me costó Dios y ayuda sacar las declaraciones).

Entrevisté también a un directivo americano que no daba un duro por los entonces de moda "tigres asíaticos" (Tailandia, Indonesia y Malasia) a los que Filipinas se quería parecer: "They are not aware of what's happening in China", me decía. El tiempo le ha dado, en parte, la razón. Y también entrevisté a una empresa que se dedicaba a las perlas cultivadas. Toda una lección sobre el mercado del lujo.

Recuerdo los zumos de mango verde y a un camarero subiéndose a un cocotero para recoger el coco que iba a utilizar en el siguiente cócktel. Me viene a a memoria la isla de Boracay, con su impresionante playa de arena blanca y sus hotelitos entre las palmeras regentados, muchas veces, por occidentales que huyen del mundanal ruido (había dos ingleses de amaneramiento infinito que se disputaban el honor de enseñarme la decoración de sus dormitorios). Veo aún grabadas en mi memoria las imágenes del aeródromo de la isla cercana (Boracay no tiene pistas de aterrizaje) a donde llegamos en una avioneta de 18 pasajeros y de donde nos fuimos en otra de siete viajeros contando al piloto (nos pesaban junto con la maleta para organizar al pasaje entre los diferentes aviones).

Estuve tambien en Subic Bay, antigua base marítima del Imperio Español primero y de Estados Unidos después. Y en el aeródromo de Clark, entonces una base militar ya abandonada por los estadounidenses y hoy un aeropuerto internacional. Nos llevaron en coche por la pista de aterrizaje ("tan amplia que un Boeing 747 puede aterrizar sin instrumentos", nos aseguraban) y pudimos ver cómo todos los edificios y todo el entorno tenía un color grisáceo, el color de las cenizas del Pinatubo, cuya explosión en 1991 alteró el clima de la Tierra y precipitó el abandono de las bases militares americanas.

Recuerdo la excursión a Batangas. Allí pasamos un par de días en una zona de vacaciones para filipinos de clase media. Nuestro bungalow no era más que una caseta prefabricada. Allí, como no había playa digna de tal nombre, nos alquilaban unas grandes balsas, que un empleado arrastraba nadando unas docenas de metros mar adentro y la anclaba. Otros filipinos venían con barcas de goma y flotadores a vender bebidas frescas y helados.

Hoy, cuando Filipinas está sumida en el caos y el desastre por los designios caprichosos de la Madre Tierra, todos esos recuerdos y muchos más se agolpan en mi memoria y me producen una profunda melancolía.

Pero de entre todos los recuerdos me quedo con uno. El recuerdo de las nubes de Filipinas. ¡Qué grandioso espectáculo tenía ante mí cada día desde la terraza del Hotel Shangri-La de Makati! Podía pasarme horas observando aquellas nubes, nacidas en la inmensidad del Pacífico, recorriendo de un extremo a otro la grandeza de un cielo permanentemente azul. En cada excursión, en cada viaje en barcas motoras entre isla e isla, en cada estancia en una playa, yo siempre me quedaba embelesado mirando al cielo y aquellas inmensas moles blancas que surgían del mismo mar delante de nosotros.

Tengo nostalgia de las nubes de Filipinas.


Si te animas a hacer una donación para ayudar a Filipinas, puedes hacerlo a través de alguna de estas organizaciones:
Unicef
Aldeas Infantiles
Oxfam Intermón

3 comentarios:

Vicky Oliva dijo...

Emocionante y bello. Son tan vívidas las imágenes, que uno también podría decir que ha estado allí...

LuisFe dijo...

Después de ver todas las imágenes de desolación en Filipinas emociona leer este bello tributo. ¡Qué mejor tributo a un pueblo que esta muestra de cariño y admiración!.

Fabián dijo...

Gracias por los comentarios, Vicky y LuisFe