viernes, mayo 29, 2009

Las minas del Rey Salomón, Henry Rider Haggard

Las minas del Rey Salomón es una de esas historias de las que casi todo el mundo ha oído hablar. La película de 1950 protagonizada por Stewart Granger y Deborah Kerr se acabó convirtiendo en un clásico (sobre todo de las reposiciones de TVE del sábado por la tarde ¡qué tiempos! cuando yo era un pelín más joven).


Pero si bien es fácil que la gente conozca la historia y que incluso haya visto la película, apostaría a que la mayor parte del mundo no ha leído la novela. Pues bien, yo lo he hecho, y después de tan ardua tarea me puedo permitir el lujo de, creo que por primera vez en mi blog, escribir de un libro cuya lectura no me atrevo a recomendar.

No me malinterpreten. El libro no es que sea demasiado malo, es sólo regular, con pasajes entretenidillos y otros que no sé si calificar de tostón o de truño. Pero en el fondo se pasa un rato agradable leyendo sobre las aventuras y desventuras de Allan Quatermain (sí, el personaje dejó bastantes secuelas tras la novela hasta convertirse, incluso, en un personaje interpretado por Sean Connery).

La diferencias más notables entre el libro y la película son básicamente dos:

a) En el libro no hay una rubia que se vaya tropezando para darle emoción al asunto.
b) En el libro muere mucha más gente. Todos negros. Aparte de que se describen con bastante crudeza las costumbres salvajes y crueles del jefe de los kukuanas (una supuesta variante de los zulúes), cerca del final hay una gran batalla en la que caen kukuanas como moscas. Por cierto, que si hay algo que le da valor a la obra es que el autor, indudablemente, conocía bien las costumbres guerreras de los zulúes. El malo de la obra, el Rey Twala, parece inspirado en el Rey Cetshwayo, el que dió tanta lata a los británicos en las guerras zulúes.

Por lo demás, muchos de los elementos narrativos de la obra difieren considerablemente de la película, pero en esencia las ideas principales se mantienen: los héroes blancos ayudan al rey legítimo a recuperar su trono y vuelven a su patria forrados de diamantes que realmente no les pertenecen. Aparte de ello, la obra (y que yo recuerde también la película) está salpicada de destellos racistas nada saludables, aunque quizá comprensibles por las fechas en las que se escribió la novela (1885).

Pues ya lo saben, no la lean, o háganlo si les apetece, que tampoco es tan grave.

Consejo adicional: si cae en sus manos La flecha negra, de R. Louis Stevenson, aléjense de esta novela sin dudarlo. No pude pasar de la página 15.

domingo, mayo 10, 2009

Las aventuras del buen soldado Svejk, Jaroslav Hasek,


Es sorprendente la cantidad de energía que hemos gastado los humanos en los últimos siglos matándonos unos a otros por un concepto tan endeble como el de la "patria". Las aventuras del buen soldado Svejk, del escritor checo Jaroslav Hasek, es una de esas obras que pone de manifiesto, desde la primera línea hasta la última, lo absurdos que resultamos los seres humanos cuando nos empecinamos en estériles carnicerías para conseguir resultados que interesan mucho a estadistas y políticos, pero poco o nada a la gente común.

La obra, un relato de las peripecias del soldado Svejk a comienzos de la guerra mundial, es irreverente, satírica, mordaz, aguda en algunos momentos y quizá demasiado simplona en otros. Muchos de los elementos humorísticos son tan rudimentarios que apenas alcanzan a arrancar una sonrisa al lector. Con otros me he reído a carcajada suelta. Pero la clave de la obra no está en el humor, ni en el estilo ni en nada similar, la clave está en la crítica implacable hacia la estupidez humana. Todos los personajes, empezando por el protagonista, son imbéciles de solemnidad. O quizá no. Quizá las payasadas de Svejk no sean las de un imbécil, sino las de un tipo astuto que busca zafarse de la imbecilidad del entorno.

En todo caso, el transfondo de la primera guerra mundial le sirve al autor para poner de manifiesto lo absurdo de una guerra que la gente no entiende, las ineficacias de la burocracia en los macroestados y en los ejércitos, la incongruencias de un estado como el Imperio Austrohúngaro, donde pueblos y gentes que no se entienden (y que incluso se odian) tienen que marchar de forma conjunta al frente para acabar con un enemigo en el que deben suceder situaciones similares.

A lo largo del libro, Svejk no llega a pisar el frente ni a disparar un sólo tiro. Y sin embargo pasa por diversos consejos de guerra, es acusado de espía, está cerca de ser fusilado y cabrea a todos sus superiores hasta un punto indecible.

Una curiosidad. Se trata de una obra inconclusa. El autor murió antes de poder terminarla. Aún así, merece la pena leerla.

domingo, enero 18, 2009

Adiós a Facebook, para siempre

Nunca he entendido Facebook. En el tiempo que he tenido una cuenta activa no le he sacado el más mínimo partido. Me han llenado el correo electrónico de cosas inverosímiles como invitaciones a cervezas virtuales o a formar parte del equipo de reconstrucción de la Estrella de la Muerte.

La aplicación es, en mi opinión, bastante absurda. Cosas que deberían ser sencillas resultan difíciles de encontrar. Y la verdad, no están los tiempos como para perder el idem buscando la forma de enviar una invitación colectiva para participar en el foro de salvación del moco verde.

Por este motivo, he eliminado definitivamente mi cuenta de Facebook (no la he desactivado, la he eliminado). De hecho el sistema me da 14 días para arrepentirme. No creo que me arrepienta, pero si alguien en la concurrencia tiene a bien explicarme algún motivo por el que Facebook es necesario en mi vida, le invito a que lo explique en los comentarios.

Sigo presente en Linkedin, la única red social a la que le he visto alguna utilidad, y en los próximos días intentaré borrarme de Xing, Neurona y otras redes sociales en las que ni siquiera me he preocupado de actualizar mi perfil (lo que implica, por supuesto, que tampoco he desarrollado red alguna con estas herramientas).

Esto forma parte de un proceso lento, pero que espero que sea constante, para simplificar mi vida. En lo que se refiere a Internet me voy a quedar con lo que me parece útil o me produce algún tipo de gratificación (esto incluye el blog) y voy a ir eliminando todo lo demás.

Y lo ha gusto que me he quedado tras eliminar la cuenta...¡indescriptible!

lunes, enero 05, 2009

Caissa, la diosa esquiva

Que Caissa, la diosa del ajedrez, es una diosa esquiva es algo que saben bien todos los aficionados al juego. Muy pocos son los escogidos por la diosa entre su cohorte de adoradores para el panteón de los elegidos, y el precio pagado por tan elevado honor es con frecuencia muy alto.

No sólo es difícil conquistar los favores de la diosa. Este personaje, en cuyo origen no era más que una driade (ninfa de los árboles) y que, como todos los dioses, fue elevada a los altares por sus devotos, es también esquiva para ser fotografiada. Una búsqueda por Google nos ofrece apenas un puñado de representaciones gráficas. Muestro aquí algunas:






A mí ninguna de estas imágenes me acaba de convencer. La más conocida y repetida es la última, un óleo cuyo autor desconozco pero que se reproduce en muchas páginas web dedicadas al ajedrez.

Yo, a Caissa la imagino mucho más seductora que lo que muestran estas imágenes. Bella, seductora, inalcanzable, caprichosa e incluso algo cruel.

Los orígenes de Caissa se encuentran en un poema en latín escrito en el siglo XVI, reescrito en 1763 por el filólogo Sir William Jones, quien también publicó una versión en inglés. En el poema, Ares, dios de la Guerra, busca el favor de la ninfa Caissa, quien lo rechaza. Ares (o Marte, según versiones) busca el apoyo del dios del deporte, Eufrón (ignoraba su existencia hasta hoy día), quien crea el ajedrez como regalo para Ares con la intención de ganar el favor de la Ninfa.

miércoles, diciembre 24, 2008

Santa Claus needs YOU!

Parecidos razonables ¿verdad?




Os deseo a todos felices fiestas y un próspero 2009

domingo, noviembre 30, 2008

Algunas cosillas de China que me llamaron la atención

Ya estamos en casa. El viaje de prensa a la sede de Huawei en Shenzhen ha terminado (yo diría que con éxito) y llega el momento de recapitular y repasar esas cosillas que a uno le llaman la atención de los lugares que visita. Aquí comento algunos ejemplos:

1) Los masajes. No me voy a entretener explicando esto, ya que el amigo Uriondo lo ha hecho con estilo. Yo me libré de la exfoliación, pero no de que una china me caminase por la espalda encontrando todo punto sensible al dolor y torturándome sin piedad.

2) Vasos de agua caliente. Aparte de que a la menor oportunidad en China te ponen delante una taza de té, también es costumbre agasajar al huésped con vasos de agua calentita (para bebérsela, no para lavarse). Es curioso, pero en España me parece horrible beberme un vaso de agua caliente y allí me la bebía sin problemas.

3) Jugar al billar en pijama. En la zona de descanso del centro de tortura se podía jugar al billar, todos en chanclas y en pijama de rayas. Curiosamente, te ofrecían comida gratis (incluida en la entrada), pero por jugar 20 minutos al billar había que pagar aparte.

4) Control fronterizo con foto por sorpresa. Eso, que según estamos esperando que nos devuelvan los pasaportes, aparece una china con uniforme y mascarilla antipolución, abre la puerta del coche y con un palitroque que acaba en una lente nos saca en 0,5 segundos una foto a cada uno de los cinco ocupantes del coche. La verdad es que no sé si realmente era una cámara de fotos, el instrumento de Los Hombres de Negro para borrar la memoria de los inocentes ciudadanos o un lector de códigos de barras, pero fuese lo que fuese, a mí la situación me dejó flipando.

5) Parque automovilístico. Lo más barato que ví, aparte de los taxis, era un Toyota de 4 metros y medio.

6) Estilo de conducción. Es radicalmente distingo en Hong Kong y en Shenzhen. En Hong Kong conducen por la izquierda, como los británicos, tienen autobuses de dos pisos y te obligan a usar el cinturón de seguridad. En Shenzhen los semáforos sólo sirven para indicar al conductor que debe mirar un poco antes de acelerar. La velocidad mínima admisible en ciudad debe estar en torno a los 80 ó 90 kilómetros por hora.

7) La comida china. No tiene nada que ver con lo que nos ponen aquí. Bueno, sí tiene que ver, pero lo de allí es mucho más variado y de mejor calidad.

8) La decoración torotusa y osborniana. Las siguientes fotos del hotel lo dicen todo:






De izquierda a derecha, Miguel Ángel Uriondo, de Actualidad Económica, Antonio Ruiz del Árbol, de Cinco Días, un portamaletas torero, de China, Tamara Vázquez, de Expansión y su seguro servidor, de Huawei.

domingo, noviembre 16, 2008

El Terror, Dan Simmons


La exploración de los polos es uno de los temas que más me apasionan. Y dentro de los viajes históricos relacionados con los polos, siempre me fascinó la fallida expedición de Sir John Franklin (al menos desde que tuve noticia de ella).

Este marino británico, que tenía ya experiencia en exploraciones árticas, comandó una expedición con dos barcos (El Erebus y el Terror) en busca del Paso del Noroeste, es decir, una vía navegable entre el Atlántico y el Pacífico por el norte del continente americano. La expedición partió en 1845 y, simplemente, desapareció con todos sus hombres. Todas las expediciones de búsqueda fracasaron y sólo encontraron algunas pistas en algún documento dejado por los expedicionarios en mojones levantados con ese propósito, en algunas tumbas, y en objetos recopilados por esquimales, quienes refirieron haber tenido alguna noticia de un grupo de hombres blancos que murieron de hambre y cayeron en prácticas de canibalismo. De hecho, las expediciones de rescate perdieron todavía más hombres que los que supuestamente iban a rescatar.

Las causas del fracaso de la expedición son varias: frío extremo, barcos atrapados en el hielo, ausencia de deshielo cuando correspondía, alimentos en mal estado (posible envenenamiento por plomo por culpa de latas de conserva mal selladas) y equipamiento inadecuado para soportar durante mucho tiempo las condiciones extremas a las que se iban a enfrentar. Quizá los oficiales británicos pecaron de soberbia y no supieron aprender de las prácticas de los esquimales, quienes sabían mucho mejor que los europeos cómo vestir, cómo refugiarse y cómo sobrevivir en los hielos.

Dan Simmons recrea esta expedición en su novela El Terror. Es una obra bastante entretenida y, por momentos, incluso fascinante. El autor, sin embargo, con el ánimo de darle mayor dramatismo a la historia se inventa una criatura bestial y diabólica que va persiguiendo y eliminando a los expedicionarios. Consigue hacerlo de una forma bastante atractiva e incluso, al final de la obra, hace una aproximación muy interesante a las creencias y religión de los esquimales, donde el monstruo ocupa, lógicamente, su propio lugar.

En mi opinión, la historia de los expedicionarios y sus vicisitudes habría sido lo suficientemente interesante en sí misma como para justificar la obra. De paso, eliminando los elementos sobrenaturales, la novela podría haber sido algo más corta (tiene más de 800 páginas), lo cual habría sido de agradecer.

Hay otro elemento que creo que resulta algo abusivo en el relato. Dan Simmons utiliza recurrentemente saltos en el tiempo, hacia adelante y hacia atrás, lo cual es un recurso estilístico atractivo. Pero al ser una obra tan larga, el recurso me ha acabado cansando un poco.

En todo caso, creo que la novela es absolutamente recomendable. Respeta bien lo que se conoce de los hechos históricos, es muy entretenida e incluso absorbente y está escrita con una soltura envidiable y bastante riqueza lingüística (una pena que la edición que he leído sea un poco descuidada, pues abundan erratas y se encuentran ocasionalmente frases algo extrañas que supongo que son errores de traducción o de edición).

¡Qué la disfruten!